¿Haiku?

“…el hombre no se halla completo, ni se revela a sí mismo, ni ve lo invisible, sino en su íntima relación con la naturaleza.”

José Martí

 Históricamente, los antecedentes literarios más inmediatos del haiku, además de la poesía china,  son el waka y el renga. El término waka, que sirvió inicialmente para identificar a toda la poesía japonesa, a partir del siglo XVI se volvió sinónimo de tanka, poema corto, que constaba de treinta y una sílabas, divididas en cinco versos: 5-7-5-7-7. Esta forma, que se practicaba desde el siglo VII, en el año 759 aparece mayoritariamente representada en el Manyoshu (Antología de Las Diez Mil Hojas). Por esta época, todos los aspectos de la vida eran incluidos: la guerra, el amor, la naturaleza. En el propio Manyoshu ya aparecen también poemas cortos eslabonados, es decir, tanka compuestos por dos personas. Así, se abrió la posibilidad para que siglos más tarde, a tenor con el desarrollo de esta modalidad creativa, se produjera un contraste cada vez más sutil entre la sección superior del poema –5,7,5—y la inferior –7,7 – que  propició la independencia entre ambas partes y la necesaria condensación y brevedad en cada una de ellas.

 Según refiere Blyth[1], los poemas largos eslabonados –sucesión de tanka compuesta por dos o más personas– con una extensión de cincuenta, cien y hasta mil estrofas, aparecen a finales del período Heian (794-858). Dada su condición de arte creado y consumido principalmente por los miembros de la nobleza cortesana, el lenguaje poético que se utilizaba en el tanka era muy refinado y excluía aquellas expresiones que pudieran resultar desagradables o carentes de elegancia. El renga –poema  eslabonado–   constituyó una alternativa más relajada de creación, con un ingrediente lúdico que permitía a los mismos poetas de la corte referirse a temas y utilizar giros del lenguaje que estaban inicialmente vedados en las competencias y antologías oficiales. Al comienzo del período Kamakura (1186-1339), esta práctica poética se popularizó y surgieron dos escuelas: la seria –Ushinha– que seguía todas las convenciones de la poesía cortesana, y la cómica –Mushinha– que deliberadamente violaba los códigos preestablecidos y recurría a términos ordinarios e imágenes de la vida cotidiana fuera de la corte. Esta segunda corriente denominó Haikai  renga –versos  cómicos eslabonados– a  sus composiciones y el término abreviado, Haikai, se tornó usual para referirse a dichas producciones. El hokku, estrofa de diecisiete sílabas que iniciaba la serie y cuya composición era encomendada generalmente al poeta más respetado del grupo, debía contener una referencia a la estación del año y, en cierta medida, prenunciaba los temas que irían apareciendo en el resto del poema. Paulatinamente, este pequeño fragmento se fue emancipando del renga y los poetas comenzaron a escribirlo atendiendo a los valores intrínsecos que ya cristalizaban en él. Sólo por comodidad emplean los estudiosos  el anacrónico vocablo “haiku” para referirse a estas producciones: dicha palabra es fruto de la combinación de haikai y hokku y comenzó a usarse, con el sentido que tiene en nuestros días, apenas en el siglo XIX.

 Como género poético independiente, el hokku o haiku   se perfiló en el siglo XVII gracias al magisterio sensible de Matsuo Basho (1644-1694). El uso exagerado de los juegos de palabras y la búsqueda de la ingeniosidad a toda costa, entre otros manierismos, habían ocasionado el empobrecimiento del haikai: se le consideraba, en aquellas circunstancias como nunca antes, un mero divertimento carente de valores literarios. Por supuesto, no fue Basho una figura aislada, sino la más prominente de una pléyade que logró dar al género alientos renovados sin renunciar a aportes tales como la presencia del humor, la variedad de temas, la legitimación del habla común y el lenguaje ordinario y la captación de las fugacidades del mundo natural. Consciente de de que su quehacer formaba parte de una tradición sensitiva que iba mucho más allá de la literatura, escribió en uno de sus diarios:

 Saigyo en tanka, Sogi en renga, Sesshu en pintura, Rikyu en la ceremonia del té: lo que los atraviesa es una misma cosa. Tal es el espíritu del artista que sigue a la naturaleza y se compenetra con las cuatro estaciones. Todo lo que contempla se vuelve flor; luna se torna todo lo que imagina. Quien no ve la flor es semejante a un bárbaro, quien no imagina la luna no es distinto a una bestia. Queden atrás los bárbaros, las  bestias. Sigue a la naturaleza, retorna a ella.[2]

 El fragmento resulta muy revelador. No hay paradoja alguna en que el retorno a la naturaleza sea quien nos haga más civilizados. Volvamos a ella –exhorta Basho– mas no como depredadores, ni con esa falta de lucidez que solemos atribuir a los demás animales, sino alertas. Descubriendo la vida en cuanto contemplamos. Embebidos en esa luz lejana y misteriosa que acompaña nuestras ensoñaciones. También se destaca aquí la importancia de lo temporal. El kigo, palabra que sugiere la estación, no es un elemento decorativo en el haiku clásico. El clima o los fenómenos atmosféricos que corresponden a cada período del año, las floraciones y caducidades que en ellos suceden, e incluso los trabajos y holganzas que originan, constituyen el núcleo en torno al cual gira la expresión poética. No es una simple descripción de las transitoriedades del mundo como algo ajeno a los seres humanos:

 “Cuando nuestro maestro nos hablaba de aprender acerca del pino desde el pino y acerca del bambú desde el bambú, quería decir que debíamos trascender nuestro ego y aprender…Aprender significa sumergirse uno mismo en el objeto hasta que su naturaleza intrínseca se  torne manifiesta y estimule el impulso poético.

“Cada forma de existencia inanimada –plantas, piedras o utensilios—tiene sentimientos individuales similares a los de los hombres.

“Haced del universo vuestro compañero, teniendo siempre en mente la verdadera naturaleza de toda creación –montañas, ríos, árboles, hierbas y humanidad—y disfrutad la caída de las flores y la dispersión de las hojas.”[3]

 Esta comunión con el mundo natural presupone la disolución del yo en lo contemplado, la certidumbre de que la verdad de las cosas sólo aflora cuando, en  un acto de humildad sin límites, prestamos nuestros sentidos para que la vida que alienta en ellas se manifieste. En el haiku tiene poca cabida el simbolismo porque no hay separación entre el sujeto y el objeto, entre las cosas y su significado. Y si lo humano emerge en él es porque somos también naturaleza, no para regodearnos con elaboraciones mentales construidas a partir de nuestras emociones y prejuicios. En resumen, el poeta del haiku descarta las valoraciones, no reflexiona sobre el vicio o la virtud, la belleza o la fealdad, lo correcto o lo vituperable: él sólo ofrece al mundo su piel, sus oídos, su nariz, sus ojos y su lengua para que el mundo se reconozca a sí mismo.

 Hay otra forma poética japonesa que incorpora los temas y enfoques que no frecuenta el haiku. Nos referimos al senryu[4], que igualmente tiene su origen en la poesía eslabonada y una estructura semejante a la del haiku: diecisiete sílabas divididas en 5, 7, y 5. El haiku, según ya apuntamos, surge del verso inicial del renga, donde invariablemente aparece una referencia a la estación y no alude a temas desagradables como guerras o desastres naturales; por su parte, el senryu proviene de las otras estrofas del renga, en las que el término estacional no constituye el eje básico y la atención se desplaza hacia los problemas humanos, con un ostensible énfasis en el tono humorístico. En el haiku, ortodoxamente hablando, “la estación es siempre el verdadero asunto, mientras que en el senryu es siempre ‘la mente del hombre, sus extraños vericuetos, sus zonas oscuras, la expresión de las trivialidades del alma lo que el escritor de senryu eterniza.” [5] Como recurso expresivo, es más habitual en éste último la atribución de cualidades y sentimientos humanos a los animales y  a los elementos de la naturaleza.

 

Fragmento de la Presentación que escribí para el libro del poeta norteamericano Richard Wright: Haiku: Este Otro Mundo. Editorial Arte y Literatura. La Habana, 2007

 


[1] Blyth, R.H. Haiku. (Volume I). Hokuseido Press. Tokyo, 1950. Pags. 126 ss. A través de esta obra paradigmática, que consta de cuatro tomos, Richard Wright conoció este género poético.

[2] Ueda, Makoto, The Master Haiku Poet Matsuo Basho. Kodansha International. Tokyo, 1982. Pag. 132.

[3] Blyth, R.H, A History of Haiku. (Vol. I). The Hokuseido Press. Tokyo, 1984. Pags. 13-14

[4] La denominación del género reconoce a Karai Senryu (1718-1790) como el primer y mejor compilador de este tipo de versos.

[5] Blyth, R.H., Japanese Life and Character in Senryu. The Hokuseido Press. Tokyo, 1960. Pag. 466.

Una respuesta to “¿Haiku?”

  1. Douglas Eden Brotto ( Guin Ga ) Says:

    Caro Braulio

    Yo no tengo site, pero el indicado es de mi amigo Edson, que Usted conoce, en el cual son editados los textos de los miembros del Grêmio Ipê.
    En estos últimos dias Yo he recordado el dia en que nos conocimos, los libros y textos que permutamos, su ida a Campinas, nuestro retorno a San Pablo y mi visita a su exposicion, las telas com que me obsequió y muchas cosas más.
    Indago, já estás en Brasil ? Sábado proximo estaré en San Pablo para la 190ª Reunión del Gremio Haikai Ipê, y Usted podría ir comigo, al Jueves, el 3 de Agosto, o lo aguardo em el Terminal Tietê, a la salida de los passageros que vengan del Rio de Janeiro.
    Mucha Salud, e um grande abraço de su amigo
    ……………………………………………………………………Guin Ga

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