Luna estival (Comentario II)

  Hiroshige__Night_View_of_Saruwakacho

***

La imagen de un apuesto jugador languidece pronto. En su terceto, Boncho la reemplaza por un hombrecito que porta una espada absurdamente larga para ocultar su complejo de inferioridad. El poema se torna cada vez más cómico:

Lleva el tipo a la cintura
una larguísima espada.

Entre malezas, 
un ser terrible: la rana
al anochecer.

La larga espada no es suficiente para vencer la timidez del hombre. Andando por el solitario camino en la sombría noche, se atemoriza cuando ve algo moviéndose entre la maleza, a la orilla del camino. Ante sus espantados ojos salta una pequeña criatura, nada menos que  una ordinaria rana.

Los últimos versos han sido bastante rústicos y rudos. Ahora es el gran momento para introducir una atmósfera más elegante. Basho, el próximo en versar, hábilmente introduce la modulación:

Entre malezas, 
un ser terrible: la rana
al anochecer.

Dama en pos de sombrereras
bate el fanal, adiós luz.

Avanzado el anochecer, una señora noble está en su jardín, recogiendo retoños de sombrereras comestibles, cuando súbitamente advierte un revuelo en la maleza cercana. Dando un gritito retrocede: el fanal que sostenía recibe un sacudón tan fuerte que la luz se apaga. Sin una palabra que describa a la dama, los versos sugieren una adorable figura contra el rústico fondo.

El poema mantiene una atrevida progresión. La graciosa dama se torna una monja cuando Kyorai reinterpreta los versos de Basho:

Dama en pos de sombrereras
bate el fanal, adiós luz.

Ella en Nirvana,
y los brotes de cereza
ya germinando.

El escenario es posiblemente una pequeña y apartada choza de la región. La monja esta recogiendo sombrereras en el patio cuando, súbitamente, una ráfaga apaga la luz de su linterna. En su esfuerzo por salvarla hace un movimiento rápido, pero su mano llega demasiado tarde. La luz se ha ido, tal como se extingue la vida humana, debido a un gran poder cósmico. Así, se le hace recordar sus días juveniles cuando, repentinamente, se percató de la fragilidad de la vida y optó por la religión.

Sombrereras y brotes de cereza producen un cuadro colorido. Boncho lo borra todo, e introduce  un áspero ambiente invernal:

Ella en Nirvana,
y los brotes de cereza
ya germinando.

En Nanao, provincia de Noto,
es muy duro vivir en invierno.

Nanao es una pequeño pueblo de pescadores, situado en la costa norte de Japón, conocido por la severidad de sus inviernos. Aquí, una anciana que renunció al mundo en su juventud, está realizando un ejercicio ascético en medio del invierno.

Basho acentúa la atmósfera inhóspita del invierno cuando trae un hombre senil:

En Nanao, provincia de Noto,
es muy duro vivir en invierno.

Anciano y débil,
chupa despacio una espina
de pescado.

La armonía budista está dada. Un viejo pescador que se enorgullecía de sus fuertes dientes ahora, sin ellos, chupa despacio una espina de pescado. Es el invierno de la vida humana.

Entonces Kyorai convierte al pobre pueblo de pescadores de la costa norte, en una mansión noble en los suburbios de la capital:

Anciano y débil,
chupa despacio una espina
de pescado.

Para que entre un amante,
él abre la portezuela.

Tarde en la noche, el joven amante de una dama viene a visitarla y golpea una portezuela lateral. El viejo guardián, suelta la espina de pescado que estaba chupando, y finalmente abre. La senilidad del guardián sugiere que la señora pertenece a una antigua familia, pero ahora no goza del favor de la corte. El amante, en contraste, es un príncipe del más alto abolengo, que gusta de las aventuras amorosas.

En otro rápido cambio de humor, Boncho sustituye el antiguo romance cortesano con una escena más bien humorística de la vida cotidiana contemporánea:

Para que entre un amante,
él abre la portezuela.

Las sirvientas,
al intentar un vistazo,
¡Tumban el biombo!

El escenario es probablemente la casa de un rico comerciante. Durante su ausencia, el amante  de su hermosa hija soborna al guardián y entra furtivamente por la verja adyacente. Pero no puede escapar a la curiosidad de las sirvientas, siempre con los ojos prestos para este tipo de lances. Ellas se agolpan detrás del biombo, para espiar al novio de su señora. Pero su excesiva curiosidad las traiciona: presionan contra el biombo tan fuertemente que, para su horror, aquel cae y las deja expuestas.

La diversión amorosa es refrenada por Basho, quien interpreta de manera distinta los versos de Boncho:

Las sirvientas,
al intentar un vistazo,
¡Tumban el biombo!

En el piso del baño
una sencilla estera de bambú.

El escenario es una posada rural lejos de los centros comerciales. Un apuesto joven, de refinadas maneras, se ha alojado en ella esta noche. Todas las criadas están curiosas. Cuando el huésped toma un baño, ellas se juntan tras el biombo para espiar e, inadvertidamente, cae el biombo. Basho ha creado una atmósfera peculiar, en la que se mezclan el eroticismo mundano y la rústica soledad.

Kyorai percibe la soledad oculta en los versos de Basho y decide ampliar la naturaleza en el poema:

En el piso del baño
una sencilla estera de bambú.

 Vespertino vendaval
sopla los ramos de hinojo
y sacude, debajo, las semillas.

El escenario es una amplia casa de campo, probablemente de un médico. Junto al modesto cuarto de baño, hay algunos hinojos que el dueño plantó con propósitos medicinales. Esa noche se producen ráfagas tan fuertes que remueven hasta las raíces de los hinojos. Entonces, la fuerte fragancia de las plantas flota en el cuarto de baño. La sensación de frescor al tomar un baño y el agradable aroma del hinojo se combinan para crear una atmósfera armoniosa única. La persona más adecuada para semejante anochecer solitario habría de ser un monje budista con su manto gris caminando lentamente por una senda del campo. Ese es el cuadro que ve Boncho en su mente:

Vespertino vendaval
sopla los ramos de hinojo
y sacude, debajo, las semillas.

Arrecia el frío. – ¿Ese un monje
regresando al monasterio?

El monasterio, probablemente, está ubicado en la cima de una colina distante, en el crepúsculo vespertino, se ve la senda que conduce a él. El viento sopla furiosamente y hace ondear el manto gris del monje. La escena en su conjunto es como una pintura realizada con tinta china negra, en el clásico estilo chino.

Basho, que era aficionado a semejante atmósfera de soledad propia de la tradición china, aporta una variación sutil al introducir una persona aparentemente prosaica, un saltimbanqui que se gana la vida manipulando a un mono:

Arrecia el frío. – ¿Ese un monje
regresando al monasterio?

El saltimbanqui
y su mono, juntos durante años.
Luna otoñal.

La súbita aparición de esa inusitada pareja rompe la atmósfera de soledad y casi produce un efecto humorístico. Sin embargo, por debajo del cuadro fluye un sentimiento inequívoco de tristeza. El saltimbanqui es un trotamundos de larga data, Desvalido y sin hogar, vaga de pueblo en pueblo mendigando unas pocas monedas, mientras su mono hace travesuras  ante una pequeña audiencia. El último verso de Basho: –Luna de otoñal– tiene el efecto de simbolizar la soledad del saltimbanqui, que es básicamente la misma que la del monje Zen regresando a su monasterio.

Kyorai suprime al monje budista, y le da protagonismo al saltimbanqui:

El saltimbanqui
y su mono, juntos durante años.
Luna de otoño.

Anualmente, con un poco de arroz,
él paga sus impuestos.

En el Japón de aquellos tiempos, el saltimbanqui ocupaba un lugar entre los más bajos de la escala social. Pero este saltimbanqui, aunque humilde por algún infortunio, es honesto y escrupuloso. Cuando llega el tiempo de la cosecha, alrededor del otoño, paga con una porción pequeña de arroz su cuota de impuestos. En este punto, el poema esboza la imagen de un mundo bien ordenado donde la gente lleva una vida tranquila, cada uno en su lugar.

 (Continúa…)

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