Luna estival (Comentario III)

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***

Entonces, saltimbanqui y mono desaparecen y emerge una choza campesina. Boncho es responsable de este cambio:

Anualmente, con un poco de arroz,
él paga sus impuestos.

Cinco o seis trozos
de troncos recién cortados
en un charco de lodo.

Esta es una escena que se observa a menudo en las áreas cenagosas del Japón rural. La tierra es demasiado cenagosa para construir, y se desperdicia. Por la orilla del pantano algunos trozos de madera están colocados para caminar sobre ellos. Incluso en semejante páramo acuático alguien se ha asentado: al final del sendero se erige una pequeña choza, y el propietario paga una pequeña suma como impuesto cada año. La aspereza de esta vida se sugiere por la imagen de esos troncos depositados en el barro.

El próximo poeta, Basho, reinterpreta los versos de Boncho y visualiza un camino fangoso en las afueras de un pueblo, después de una pesada lluvia:

Cinco o seis trozos
de troncos recién cortados
sobre un charco de lodo.

Los calcetines mugrientos
con el negror del camino.

La severidad de la vida se ha mitigado en el marco de una escena bastante común, la de un lugareño que camina hacia el pueblo poco después de la lluvia. La ocasión supone una formalidad: viste un kimono nuevo, y un par de blancos tabi en sus pies.  Camina atento para no ensuciar su calzado, hasta que sus pies resbalan en un pedazo mojado de la madera. Un pequeño incidente común se vuelve poesía.

Naturalmente, el lector comienza a preguntarse quien podría ser este hombre. Kyorai piensa que es un escudero, un paje cuyo principal deber es asistir a su amo:

Los calcetines mugrientos
con el negror del camino.

Un escudero, a pie,
tratando de ir al paso
del amo en su corcel.

El amo tiene que atender un negocio urgente y aguijonea al caballo. El escudero se atrasa, aunque anda los más rápido que puede y, claro, sus pies se ensucian de barro.

La tensión es cómicamente resaltada cuando Boncho toma la palabra:

Un escudero, a pie,
tratando de ir al paso
del amo en su corcel.

El aprendiz con los cubos,
tropieza y derrama el agua.

El aprendiz es sólo un transeúnte. Como el samurai y su escudero pasan de prisa, el muchacho trata de echarse a un lado para permitirles pasar, pero al hacerlo deja caer el cubo y bota el agua. El poema se vuelve rápido y cómico, visto como el fragmento de una historia.

Ahora es el momento de refrenar el ritmo vertiginoso. Como es usual, Basho lo logra de una manera hermosa:

El aprendiz con los cubos,
tropieza y derrama el agua.

Puertas, mamparas
cubiertas con tapetes.
Mansión en venta.

La mansión es antigua y lujosamente construida. Las puertas y mamparas corredizas, como el resto de la casa, muestran una excelente ejecución y, para protegerlas de los elementos y del vandalismo, el hombre que la vende las ha cubierto con tapetes. Como es frecuente en el caso de tales mansiones antiguas, en lo profundo del patio el agua es muy buena, y el dueño  permite amablemente que las personas del vecindario la aprovechen. Ahora él se ha ido y la casa está vacía, así que el aprendiz puede disponer del agua sin reservas.

He aquí un agudo contraste entre la calma de la antigua morada vacía y la impertinencia del muchacho que se preocupa tan poco cuando derrama el agua alrededor del pozo abandonado.

Kyorai, el próximo poeta, escudriña la añeja mansión y vuelve los ojos al jardín. Entre el pasto abundante hay algo rojo:

Puertas, mamparas
cubiertas con tapetes.
Mansión en venta.

Vainas de pimienta rojas
por el paso del tiempo.

Ahora el tema del poema es el efecto del tiempo. El propietario, que disfrutó de una vida lujosa en el pasado, se encuentra impotente frente a la imprevisible labor del tiempo. Con el declive de su fortuna, tuvo que poner en venta su maravilloso hogar. Pero el tiempo deja su impronta no solo en el hombre sino también en las cosas naturales. En el jardín descuidado algunas vainas de pimienta, han ido cambiando del verde al rojo con la proximidad del otoño y de este modo se aclara el cuadro sombrío.

Ahora Boncho imagina un nuevo escenario. Las vainas de pimienta pertenecen a una huerta enfrente de una choza campesina:

Vainas de pimienta rojas
por el paso del tiempo.

Calladamente,
trenza sandalias de paja
bajo la luna.

La noche otoñal es larga y el campesino no puede darse el lujo de desaprovecharla. Tarde en la noche se siente frente a su choza y teje unas sandalias de paja. Así los labriegos contribuyen frecuentemente a las finanzas familiares. Está trabajando afuera para ahorrar el aceite de la lámpara. Afortunadamente para él, la luna brilla intensamente. Pero debe ser prudente, no debe molestar a los vecinos que duermen. Silenciosamente se mantiene trabajando, con la única compañía de las vainas de pimienta.

Esta viñeta, bastante lúgubre de la vida del labriego, se aviva con humor cuando Basho añade un par de versos:

Calladamente,
trenza sandalias de paja
bajo la luna.

Alguien sale a quitarse las pulgas
en la noche otoñal.

Los esfuerzos que hizo el labriego para no molestar a sus vecinos parecen haber sido en vano. Alguien, probablemente el joven que vive en la próxima puerta, se despierta y camina por el portal. Pero ciertamente no se ha despertado por el ruido, sino porque las pulgas festejan en su cuerpo. No aplasta las pulgas, una a una con sus dedos, como podría hacerlo una vieja: se quita su pijama y, afuera, le da un buen sacudón. A pesar de estos detalles de la vida de un campesino desvalido, el lector casi puede sentir el roce del aire otoñal y de la luminosidad de la luna.

Kyorai, divertido por el cuadro de un hombre soñoliento sacudiendo las pulgas de su pijama, responde con un terceto en el que incorpora similar mezcla de humor y pathos:

Alguien sale a quitarse las pulgas
en la noche otoñal.

Puesta la caja
para atrapar ratones,
cae sin presa.

 Los versos de Kyorai se refieren a una ratonera usada normalmente en aquellos tiempos.Una  caja se pone al revés en la tierra, con un palo corto que la alza ligeramente por un lado. Dentro, un trocito de comida atado a una punta del cordón; la otra punta se ata al palo de apoyo. En cuanto un ratón muerde la comida y tira el cordón al interior, el palo cae de manera que la caja cubre al ratón. Esta noche, sin embargo, es el ratón el que engaña al trampero; al parecer, el animalito ha visto el dispositivo y escapó antes de ser atrapado. ¡Al pobre hombre lo torturan ratones y pulgas!

Boncho, también divertido por el giro que ha tomado el renku, lo mantiene, y agrega otro detalle:

Puesta la caja
para atrapar ratones,
cae sin presa. 

 Se ha deformado la tapa 
y no se ajusta al baúl.

La ratonera ha sido puesta en una esquina del almacén al lado de un baúl viejo lleno de todo tipo de basura: ropa pasada de moda, utensilios rotos, platos quebrados, viejos juguetes. La tapa, torcida por el tiempo, queda cerca. Polvo, moho, telarañas y caca de ratón enmugrecen el cuarto. Los versos parecen apuntar hacia la belleza de lo tosco, lo imperfecto, lo inarmónico. Ciertamente, hay algo en común entre una trampa que no caza un ratón y un baúl cuya tapa no encaja. En ambos casos el poeta contempla lo imperfecto con una sonrisa.

Luna estival  tiende fuertemente en dirección a los últimos haiku de Basho. Es casi inevitable que Basho, a su turno, visualizara la imagen de un poeta viajero como él mismo:

Se ha deformado la tapa 
y no se ajusta al baúl.

En una ermita 
el hombre queda un tiempo, 
y luego parte.

Con el aporte del genio poético de Basho, el dístico de Boncho asume una doble significación. En un nivel es descriptivo: el baúl con la tapa torcida ejemplifica vívidamente el modo en que este ermitaño disfruta una vida humilde sino despreocupada. No desea tener nuevos, espléndidos muebles; es un ermitaño precisamente porque quiere escapar de la lujuria materialista. En otro nivel, sin embargo, los versos de Boncho se vuelven simbólicos. La tapa que no encaja en el baúl sugiere un hombre que no encaja en el mundo. Es un inquieto sin-casa inadaptado; vaga de una a otra ermita, y no permanece por mucho tiempo en ninguna.

Es natural que los siguientes versos vayan tras este poeta viandante:

En una ermita 
el hombre queda un tiempo, 
y luego parte. 

Está contento: a su avanzada edad, 
la nueva antología de poemas.

Es, por supuesto, un gran honor tener un poema incluido en la antología imperial. Un día, al pasar  cerca de la capital, el poeta errante queda encantado al escuchar que algunos de sus poemas fueron aceptados por los compiladores de una nueva antología. Está feliz de haber vivido lo suficiente para ver la hora en que su poesía, por la que ha  abandonado todo en el mundo, recibe semejante honor.

De pasada, anotemos que este dístico tenía un sentido diferente cuando Kyorai lo hizo. En los versos originales, el lector identificaba inmediatamente al bardo errante con el monje Saigyo, el famoso poeta del siglo XII que encontramos en el cierre de “Chubasco invernal”. A Basho, líder del grupo, no le gustaba esa obviedad. Dijo: “Está bien interpretar el terceto como una referencia a la vida del poeta Saigyo o Noin. Sin embargo, revelaría pobre habilidad si los versos siguientes se relacionaran específicamente a un poeta como Saigyo. La conexión de los eslabones debe producirse por medios más difusos.” Aquí, entonces, Basho parece insistir en la importancia de la ambigüedad en la poesía: el poeta no debe delinear su asunto en detalle, debe presentar solamente su “sombra”, una forma indeterminada que emerge cuando el tema entra en el campo de visión del poeta. Así, Basho reemplazó el dístico de Kyorai con el presente, en el cual, de hecho, deja en la ambigüedad la identidad del poeta de viaje. Este incidente muestra cómo Basho mejoraba los versos de sus discípulos.

(Continúa...)

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