Luna estival (Comentario IV, Final)

Ono no Komachi- c 1820- Eisen

***

 La incertidumbre en torno a la identidad del bardo es inmediatamente explotada por Boncho, que transforma al poeta errante en un amoroso cortesano. Sin la intervención de Basho, no habría tenido Boncho la libertad para hacerlo:

Está contento: a su avanzada edad, 
la nueva antología de poemas.

Invoca a todas
las amantes que tuvo 
en el pasado.

Podemos pensar que se trata de un poeta como Ariwara Narihira (825-50), el héroe de Cuentos de Ise, de quien se dice que tuvo una gran variedad de aventuras amorosas en su mocedad. Aquí, ya anciano,  escucha que algunos de los poemas de amor que escribió en su juventud han sido aceptados para una nueva antología. Está muy contento y, por primera vez después de tantos años, saca el viejo cuaderno. A medida que lee los poemas de su juventud, recuerda a sus amantes: una princesa, otra una cortesana, la tercera una joven viuda, la esposa de un oficial, y así por el estilo.

Con la imagen de un hombre de edad recordando su juventud, el poema, inevitablemente asume un tono budista. Basho lo hace claro en este dístico:

Invoca a todos
los amantes que tuvo 
en el pasado.  

Mundo fugaz: nadie escapa
al destino de Komachi.

Ono Komachi fue una maravillosa y talentosa poeta que vivió en el siglo IX. Según la leyenda, disfrutó en la juventud de la gloria y los halagos de una legión de admiradores, pero cuando su belleza declinó su vida fue muy triste; se dice que se vio reducida a la mendicidad. La imagen de esta señora de edad introduce un elemento de pathos que surge cuando la belleza elegante es erosionada por el tiempo.

Kyorai situa este pathos en una situación específica:

Mundo fugaz: nadie escapa 
al destino de Komachi.

¿Por qué sus ojos 
están llenos de lágrimas 
ante el cuenco de gachas?

La escena probablemente se desarrolla en una casa de un pueblo rural, a la cual esta anciana andrajosa llega para mendigar comida. El amable dueño de la casa le da un cuenco de gachas. Agradeciéndole la amabilidad, la mendiga come ávidamente. Cuando la mira, el dueño nota lágrimas en los ojos de ella y se pregunta por qué. Observando con más atención, descubre rasgos de belleza y distinción. Pero no le pregunta por su pasado, y ello tampoco ofrece una explicación.

Entonces Boncho hace desaparecer a la mendiga, y emerge la señora de la inmensa casa:

¿Por qué sus ojos 
están llenos de lágrimas 
sobre el cuenco de gachas?

¡Qué ancho el suelo de madera 
cuando el señor no está en casa!

En una casa japonesa es usual que el piso de la cocina comedor sea de madera. En una casa grande, éste es un lugar atareado, especialmente cuando el amo da una fiesta. En esta casa, el enérgico amo hace un viaje de negocios y su esbelta y frágil esposa está comiendo las gachas a solas. Una sirvienta, junto a ella, siente la desnudez y el vacío del comedor. Entonces, por casualidad, ve las lágrimas en los ojos de la señora.

Basho construye sobre los versos de Boncho. En lugar de la sirvienta esperando junto al ama que come, visualiza a un sirviente relajado durante la ausencia del amo:

¡Qué ancho el suelo de madera 
cuando el señor no está en casa!

Cerezo en flor.
Por la palma de su mano
se arrastra un piojo.

El sirviente no tiene qué hacer en la cocina, ni en ninguna otra parte, pues el amo está fuera. Por eso se estira bajo el cerezo del jardín y observa al piojo que se arrastra fuera de sus ropas hacia la palma de su mano. Tal como él, también el piojo está disfrutando el calor de sol primaveral. Aquí nuevamente Basho aporta un cambio drástico en el carácter del poema: la atmósfera triste y lóbrega que prevalecía en los versos precedentes se ha evaporado.

Kyorai elige remplazar al sirviente con un poeta-solitario:

Cerezo en flor.
Por la palma de su mano
se arrastra un piojo.

Ni una brisa que agite la niebla, 
el letargo del día primaveral.

He aquí una persona para quien el clamor de la vida mundana es algo enteramente desconocido. No ambiciona la opulencia, ni los éxitos terrenales. Para satisfacer su corazón, se pasa el día entero bajo el cerezo florecido, disfrutando el ocio y la belleza del tiempo primaveral. Cuando el piojo se arrastra sobre su palma, lo observa sonriendo: se adormece, sestea, bajo las flores que caen. Es con este sosiego, en esta atmósfera tranquilidad que se cierra el renku.

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