Archive for 30 diciembre 2009

Un chubasco invernal (4)

diciembre 30, 2009

El próximo poeta, Tokoku, interpreta el pareado de Yasui de un modo diferente. La tocadora de koto no es una mujer que, en un refugio a orillas del lago, recuerda su juventud, sino un solitario solazándose a bordo de una embarcación:

En el lago otoñal alguien toca
una antigua tonada en el laúd.
En lugar de llevárselos,
deja escapar los gobios
que pescó.

El solitario tiene en el bote un koto y una vara de pescar. Flotando sobre el agua en calma, bajo el cielo azul, toca en el koto alguna melodía familiar o disfruta pescando gobios. Por supuesto no se queda con los gobios que atrapa. Si lo hiciera, estropearía el placer de pescar.

La interpretación de Kakei crea una escena más bien cómica que refresca el ambiente:

En lugar de llevárselos,
deja escapar los gobios
que pescó.
Una voz que reza a Buda
se escucha entre los arbustos.

De acuerdo con esta interpretación, el hombre que está pescando no es un feliz solitario sino un hombre común que sí piensa llevarse los gobios para el hogar. Mientras pesca en la orilla, escucha a un monje budista entonando una oración en su pequeña choza tras la maleza. Recordando el sermón de Buda que exhorta a no matar seres vivos,  comienza a sentirse incómodo con la idea de comerse los pescados.

Entonces Yasui introduce su propio héroe, otro interesante contraste con el monje orante:

Una voz que reza a Buda
se escucha entre los arbustos.
Muy débil arde la lámpara,
pero no se anima a levantarse
para apagarla.

El hombre, posiblemente anciano y retirado, vive junto a la cabaña del monje. Después de la cena hace una breve siesta, pero esta noche se quedó dormido durante largo tiempo. Al levantarse se percata de que es medianoche. De verdad querría apagar la lámpara y volver a dormirse. Pero tras tan larga siesta se le nubla la cabeza e incluso se siente más cansado que antes. No logra acopiar las fuerzas suficientes para levantarse y apagar la lámpara que está sólo a unos pasos. Su flojedad contrasta grandemente con la vivacidad de su vecino, que no duda en seguir recitando sutras toda la noche.

Cuando Jugô interviene, el viejo adormilado se convierte en un joven amante y el poema adquiere nuevamente una atmósfera sensual:

Muy débil arde la lámpara,
pero no se anima a levantarse
para apagarla.
Sin saber qué hacer, hala el fajín
de su bata de noche.

Es de noche. El joven acaba de entrar a hurtadillas a la habitación de su prometida. Ella duerme con una pequeña luz encendida. A él le gustaría apagar la luz, pero eso podría llamar la atención de alguien de la familia que todavía esté despierto. No saber qué hacer y, suavemente, hala la faja del vestido de la muchacha para que se despierte.

El motivo amoroso es continuado por Kakei, que tiene la difícil tarea de introducir flores en el poema, dado que su estrofa es la trigésimo quinta y en ella deben aparecer las flores de cerezo:

Sin saber qué hacer, hala el fajín
de su bata de noche.
El alma del que sufre por amor,
vuela a la sombra de las flores
por las que suspira.

Era una idea común en los romances japoneses que cuando dos amantes se veían obligados a vivir separados, el alma del quien penaba por amor abandonaba su cuerpo para reunirse con el amado. En este caso, las flores representan a la joven adorable por la que el joven suspira. La ama con tanta intensidad que su alma abandonaría su cuerpo si fueran separados.

Bashô concluye el poema con una reinterpretación de los versos de Kakei. En su interpretación los cerezos en flor son reales, y el amante es un poeta que los admira con una pasión tan intensa que cuando muere su alma sólo halla reposo en su sombra. Así, los últimos versos son altamente románticos:

El alma del que sufre por amor,
vuela a la sombra de las flores
por las que suspira.
¡Si pudiera hacer lo mismo
ese día de luna llena!

Los versos aluden al famoso tanka del monje Saigyô (1118-1190) quien, como Bashô, renunció a su condición de samurái para vivir más ligado a las entrañas de la naturaleza. El poema, escrito hacia el final de su vida, expresa su amor a los cerezos en flor:

Podría morir
bajo el cerezo en flor
en primavera,
una noche de luna llena
en el segundo mes.

El deseo de Saigyô se realizó. Su deceso ocurrió una noche de luna llena, en el segundo mes del año, cuando los cerezos estaban plenamente florecidos. Bashô, que fue siempre un ardiente admirador de Saigyô, visualiza el alma del poeta medieval volando a la sombra de los cerezos en flor y desearía hacer lo mismo.

Un cielo gris

diciembre 29, 2009

Un cielo gris de nieve.
La gaviota y el avión se cruzan
volando cada uno a su destino.

Eugenio Florit
(Cuba, 1903-1999)

Un chubasco invernal (3)

diciembre 28, 2009

A Bashô, que era el próximo poeta, también le gustó el tono apacible de la escena. Así que mantiene un ambiente similar:

Una finca de seis tan
cubierta de violetas silvestres.
Jubilosamente
canta la alondra:
chiri chiri…

El aporte de Bashô crea un punto focal para expandir el panorama de los campos de cultivo: un pajarito en la vasta extensión. Así se añade también la sensación de movimiento y una imagen auditiva. Chiri chiri, la onomatopeya de Bashô, sugiere el claro y sereno gorjeo de la alondra.

Yasui adiciona una variación más a la escena primaveral:

Jubilosamente
canta la alondra:
chiri chiri…
Al mediodía,
¡qué soñolienta la faz del caballo!

Es un mediodía primaveral. El sol es cálido, agradable la brisa. Hasta el caballo se adormece. Es muy efectivo el contraste entre la diminuta alondra y el pesado caballo, entre la transparencia del gorjeo inicial y la estirada o, más bien, embobecida faz del cuadrúpedo.

¿Qué está haciendo el caballo? ¿De qué lugar se trata? Tokoku da detalles específicos:

Al mediodía,
¡qué soñolienta la faz del caballo!
Aquí, en Okazaki,
al Puente Yahagi
no se le ve el final.

Okazaki, un pueblo cercano a Nagoya, fue famoso por su Puente Yahagi que, en aquellos tiempos, era uno de los más largos de Japón. En este mediodía primaveral, un caballo con su viajero a cuestas está cruzando el puente. El otro lado parece lejanísimo. El viajero, que sólo escucha los monótonos pasos del caballo, se adormila también.

El foco del poema se mueve del caballo al hombre que lo monta. Kakei lo puntualiza:

Aquí, en Okazaki,
al Puente Yahagi
no se le ve el final.
Al ver el pino del señor,
hace un poema y lo envía.

El Puente Yahagi es célebre en la literatura japonesa clásica. El viajero está excitado al verse cruzando el puente, siente deseos de escribir un poema. Mira alrededor y encuentra un tema adecuado: un viejo pino en la casa del jefe del pueblo. En cuanto lo escribe se lo envía a un amigo de su pueblo que comparte con él el interés por la poesía.

Tras algunas estrofas relativamente descriptivas, el renku se convierte otra vez en un relato. Yasui lo acentúa cuando introduce in incidente dramático:

Al ver el pino del señor,
hace un poema y lo envía.
Ese niño abandonado,
¿habrá crecido lo necesario
para trabajar en el bosque?

El viajero tuvo una triste experiencia. Cuando era joven, por desafortunadas circunstancias, tuvo que abandonar a su pequeño hijo. Tras muchas horas de dolorosas cavilaciones, decidió dejarlo bajo el pino del señor de su pueblo, pues sabía que éste era un hombre caritativo. Ahora, al ver el pino, recuerda la experiencia y le envía un poema a la familia adoptiva para saber del hijo abandonado.

El hombre que abandonó al niño es un samurái que terminó su servicio y lleva mucho tiempo desempleado. De este modo, Jûgo desarrolla esta trama:

Ese niño abandonado,
¿habrá crecido lo necesario
para trabajar en el bosque?
Último día del año. Hace frío
y la espada fue vendida.

Una ancestral costumbre japonesa prescribe que todas las deudas deben ser pagadas el último día del año. Este guerrero, desempleado desde hace varios años, no puede reunir suficiente dinero y se ve obligado a vender la espada, el símbolo de su condición. El día es frío, no solamente por el invierno sino porque su cabaña está destartalada. Sentado, a solas en su habitación escasamente amueblada, el samurái piensa en el hijo que abandonó a causa de la pobreza.

El ambiente del renku alcanza aquí su clímax melancólico. Kakei interpreta el pareado de Jugô de un modo diferente y, al añadir su terceto, disipa totalmente la tristeza:

Último día del año. Hace frío
y la espada fue vendida.
Llega el amante: la nieve
en su raro sombrero
de estilo Wu.

Al samurai que ha vendido la espada no le molesta la pobreza en absoluto; la está disfrutando bastante de la manera en que lo hicieron muchos ermitaños chinos. Ahora está encantado con la visita de un amigo, que tiene sus mismos gustos poéticos. Aún más a la vanguardia, el amigo siempre se atavía con buen gusto pero de un modo no convencional. Hoy porta un extravagante sombrero hecho según el estilo Wu, una región en la cual las costumbres de las personas eran ostensiblemente diferentes a las de los otros reinos chinos. Sobre su exótico sombrero hay una fina capa de la nieve que ha comenzado a caer. Probablemente los dos amigos harán una fiesta informal, disfrutarán de la vista de la nieve y compondrán poemas sobre ese asunto.

Un nuevo elemento interviene en esta apacible escena cuando Bashô decide que el amante es un hombre amoroso:

Llega el amante: la nieve
en su raro sombrero
de estilo Wu.
La señorita Takao le hace una bufanda
con una manga de su kimono.

El hombre del sombrero estilo Wu es un petimetre  elegante. Viene a  Yoshiwara, el barrio alegre de Edo, para  participar en la fiesta que se realiza en torno a la contemplación de la nieve. Adorables cortesanas están presentes, pero hay una que le tiene un afecto especial, la extraordinariamente bella señorita Takao, seudónimo que tenía una famosa geisha de principios del siglo diecisiete. Cuando la fiesta comienza a calentarse, la señorita Takao arranca la manga de su kimono y se la da como bufanda, susurrándole que con ella se calentará en este día tan frío.

Jugô desarrolla hasta su clímax esta creciente sensualidad:

La señorita Takao le hace una bufanda
con una manga de su kimono.
¡Con la más querida,
podría beberse un barril
y convertirlo en sarcófago!

Un Don Juan vive y muere por el amor. Disfrutando las atenciones de una rara belleza como la señorita Takao puede beber, feliz, hasta la muerte.

Con un fino despliegue de ingenio, Tokoku sustituye al amoroso galán con un monje budista:

¡Con la más querida,
podría beberse un barril
y convertirlo en sarcófago!
Un monje Zen, conocido,
con pétalos de amapola.

Las amapolas son espléndidas, pero se caen a los tres o cuatro días y se vuelven un deslucido esqueleto. Un monje zen verdaderamente iluminado, que conoce la brevedad de la existencia humana, puede llevar una vida “esplendorosa”, opuesta al ascetismo que se asocia generalmente a los monjes budistas. Este monje zen en particular sigue esa regla. Es atendido por una maravillosa cortesana y bebe enormes cantidades de vino de arroz. No obstante, es muy respetado porque tiene una alta jerarquía zen.

Entonces Bashô se encarga de que ceda la alegría. En su lugar emerge una sombría atmósfera que sería característica de sus últimos haikus:

Un monje Zen, conocido,
con pétalos de amapola.
Luna creciente.
Al este, cielo oscuro
y campanadas.

Puede asumirse como una escena nocturna en un monasterio zen  que está situado entre altos árboles, en lo profundo del bosque. Se rompe la tranquilidad cuando suenan las campanadas vespertinas. Mirando hacia el oeste, el monje ve la luna creciente en el cielo que todavía está levemente rojizo. Al oír la campana del templo y mirar hacia el oeste, al cielo, una vez más siente la transitoriedad de todas las cosas vivientes, la misma certeza que tuvo antes, al ver caer los pétalos de amapola.

Cuando Yasui añade su pareado, el significado simbólico de la estrofa de Bashô se atenúa y sólo queda la belleza visual de la escena.

Luna creciente.
Al este, cielo oscuro
y campanadas.
En el lago otoñal alguien toca
una antigua tonada en el laúd.

Al anochecer, un lago se extiende en la distancia. Cuando calla la campana del templo, se escucha el blando y delicado sonido del koto, instrumento de cuerdas que tiene un sonido parecido al del arpa. Son las notas de una antigua melodía. Sin dudas la que toca la música está recordando los días ya idos.

Mar invernal

diciembre 26, 2009

Mar invernal
Retrocede el palomo
ante la ola

Un chubasco invernal (2)

diciembre 26, 2009

La estrofa que agrega Jûgo se concentra en la vida del maestro de té: 

El maestro de té, embelesado,
por las flores al borde del camino.
En su hogar, la doncella
lee novelas de antaño,
plácidamente. 

En verdad se trata de una vida silenciosa y apacible. Mientras el padre sale a admirar las flores silvestres, la hija se queda en el hogar leyendo una novela antigua. Dado que es la hija del maestro de té, ella debe ser adorable, graciosa y muy versada en la antigua literatura japonesa. 

La escena se torna más dramática con el pareado de Tokoku: 

En su hogar, la doncella
lee novelas de antaño,
plácidamente.
Dos lámparas compitiendo
por mostrar todo su amor. 

La muchacha se encuentra ante un dilema, como la heroína de la novela que está leyendo. Está siendo cortejada por dos jóvenes: cada uno le ha enviado una hermosa lámpara. Tiene una lámpara a cada lado e, inconscientemente, la perturban durante la lectura. 

El tema de la rivalidad fue ampliado por Bashô, que compuso la siguiente estrofa: 

Dos lámparas compitiendo
por mostrar todo su amor.
Rocío y lespezas, 
en medio de una lucha 
equilibrada. 

Afuera, en el jardín, las lespedezas florecieron. Sobre los numerosos capullitos rosados, a lo largo de los esbeltos tallos destellan las gotas de rocío. El rocío intenta doblegar a la flor y los flexibles tallos tratan de soportar su peso: un combate perfecto. La porfía entre las destellantes gotas de rocío y las rosadas lespedezas puede compararse con la rivalidad en el amor que representan las dos lámparas. 

Yasui traslada esta bonita escena en un jardín otoñal a una locación totalmente diferente: 

Rocío y lespezas,
en medio de una lucha
equilibrada.
Hasta los fideos son verdes
en una hostería de Shigaraki. 

Shigaraki, un antiguo pueblo próximo al lago Biwa, en el período de florecimiento del budismo en Japón, era muy conocido por la alta calidad de su té verde. Al viajero que se ha detenido en una hostería de Shigaraki, le sirven fideos y el famoso té. Los fideos, que están hechos con la primera cosecha de cereal del año, parecen un poco verdes. Para los ojos del viajero, ese verde se mezcla perfectamente con el color del té. Y tal vínculo tiene algo en común con el perfecto acoplamiento que observa entre las gotas de rocío y las lespedezas del jardín que linda con su habitación. 

Este viajero adopta una identidad más específica en la siguiente estrofa de Tokoku: 

Hasta los fideos son verdes
en una hostería de Shigaraki. 
La luna al alba. 
El jugador de backgammon
reanuda el viaje. 

Hay una sutil armonía entre los verdes fideos y la luna al anochecer. Existe también un vínculo entre el antiguo pueblo de Shigaraki y el backgammon japonés, un antiguo juego de la corte: podemos imaginar a un grupo de nobles disfrutando un juego de backgammon en un floreciente palacio siglos atrás. El humor de este verso reside en el hecho de que el backgammon ha perdido su estatus social, ahora es un juego de apuestas. Este jugador que vino a Shigaraki bebió demasiado té verde la noche anterior y apenas pudo dormir. Contra su costumbre, esta mañana se ha levantado muy temprano. A la hora de partir, mentalmente, maldice al té verde y a los fideos que tenían la misma verdosidad. 

Kakei tenía otra explicación para el despertar temprano del jugador: 

La luna al alba. 
El jugador de backgammon 
reanuda el viaje.
En el camino compra azafrán,
canta un cuclillo. 

El jugador de backgammon se dedica a la compraventa de azafrán. Para que tiña bien, el azafrán debe que ser recogido muy temprano en la mañana. El hombre deja la posada al alba y ahora recorre los caminos que lo llevan a las granjas donde se cosecha este producto. Sus anaranjadas flores son maravillosas en la media luz matutina. Súbitamente, sin que se sepa de dónde proviene, se escucha el canto del cuco. 

Una vez más Yasui, al añadir su terceto, cambia el ambiente. La imagen del jugador se esfuma y emerge la de una elegante damisela. Este es el modo en que se dice que el renku es una anticipación de las técnicas modernas del lenguaje cinematográfico. 

En el camino compra azafrán,
canta un cuclillo.
Para matar el ocio,
en una sala, oculta,
ella hace muñecas. 

La dama está refugiada en una pequeña casa de campo. No se nos ha dicho por qué se oculta, pero podemos suponer una romántica razón, dado que es joven y bien nacida. Tiene mucho tiempo a su disposición, así que se entretiene con la construcción de bonitas muñecas. Cuando va por el camino vecinal, en busca del azafrán que necesita para su trabajo con las muñecas, se escucha al cuco en la distancia. 

Hacer muñecas constituye un elegante pasatiempo. Esta mujer también admira el canto del cuco. Debe ser una dama noble, bien educada, quizás pertenece al séquito de la emperatriz u otro lugar parecido. Siguiendo esta idea, añade Jugô: 

Para matar el ocio,
en una sala, oculta,
ella hace muñecas.
Una dama de la corte
mandó arroz y otros regalos. 

Cierta dama del séquito de la emperatriz es su amiga y le escribe para ayudarla a pasar el tiempo en el refugio. En esta ocasión le envió algunos presentes. 

La elegante imagen cuyo centro son estas dos damas de la corte, desaparece cuando se agrega la estrofa de Kakei: 

Una dama de la corte
mandó arroz y otros regalos.
La cerca de malezas
en ruinas, tras el embate
del maremoto. 

Se trata de una villa devastada por las olas del maremoto. Algunos lugareños que sobrevivieron al desastre regresan para salvar cuanto sea posible. La familia imperial se apiada de las víctimas y, rápidamente, envía al área del desastre arroz y otros regalos con una de las damas de compañía. 

Entonces la historia toma una curiosa dirección. El renku está en su punto medio, se requiere algo que excite a los participantes. El poeta encargado de esta responsabilidad no podía ser otro sino Bashô: 

La cerca de malezas
en ruinas, tras el embate
del maremoto.
Cuando abren el pescado,
ven que se ha comido un Buda. 

Las olas del maremoto frecuentemente llevan hasta la tierra una gran cantidad de peces. En esta ocasión, abren uno de ellos y descubren una imagen de Buda. Se trata de un milagro, uno de esos incidentes que después pasa al folklore. 

La escena de devastación se transforma rápidamente cuando Jûgo añade su terceto: 

Cuando abren el pescado,
ven que ha comido un Buda.
De un clan ilustre,
Hanami Jirô impone
un gran respeto en la región. 

Hanami Jirô es un nombre ficticio, pero arrastra una connotación muy definida. Hanami significa: Contemplación de las flores. Jirô, nombre masculino, indica que es el segundo hijo. La imagen estereotipada del segundo hijo en Japón es que se trata de un tipo sociable, alegre, de buen corazón. Además, en este caso particular, el hombre proviene de una antigua e ilustre familia. Probablemente, aquí está dándole al pueblo una fiesta a propósito de la contemplación de los cerezos en flor, pues es de los que disfruta la diversión. Su cocinero, que se afana en la preparación del banquete, abre un pescado grande y encuentra una imagen de Buda en su estómago. Todos los invitados presencian el milagro y entonces respetan aún más a Hanami Jirô. 

La imagen del hombre acaudalado y caritativo es aprovechada por Tokoku: 

De un clan ilustre,
Hanami Jirô impone
un gran respeto en la región.
Una finca de seis tan
cubierta de violetas silvestres.  

Seis tan son alrededor de quince acres, una cantidad de tierra nada despreciable en Japón. Muchos agricultores japoneses tienen menos. Sin embargo, para Hanami Jirô, seis tan es casi nada. Sencillamente deja la tierra para que en ella crezcan violetas silvestres y amapolas y disfruta con su florecimiento. Podemos visualizar esos campos cubiertos de flores frente a su imponente mansión. Entonces estamos ante una apacible y silenciosa escena campestre que contrasta fuertemente con el carácter dramático de las estrofas precedentes.

Almendro en flor

diciembre 24, 2009

almendro en flor
bajo el busto de Martí
juegan dos niños

Norberto P. Carmona
(La Habana, Cuba)

Un chubasco invernal(1)

diciembre 23, 2009

Un chubasco invernal fue escrito a principios del invierno de 1684. En esa temporada Bashô estaba pernoctando en Nagoya. Algunos poetas que reconocían su prestigio, compusieron varios renku bajo su orientación. En el caso de Un chubasco invernal, fueron cinco los aficionados a la poesía que se unieron a Bashô para escribirlo: el comerciante mayorista de arroz Tsuboi Tokoku (1656?-1690); el vendedor de maderas Katô Jûgo (1654-1717); el proveedor minorista de textiles Okada Yasui (1658-1740); un médico llamado Yamamoto Kakei (1648-1716); y un hombre llamado Koike Shôhei de quien se conoce muy poco. Bashô, que ya frisaba los cuarenta, fue claramente el líder y su gusto e inclinaciones se traslucen en el poema.

Al parecer se alternaban para iniciar cada renku. En éste fue el turno de Tokoku, quien escribió la estrofa según el patrón preestablecido de 5-7-5 sílabas:

No logra el nubarrón
tapar la luna.
Chubasco invernal.

El primer verso de un renku, llamado hokku (verso inicial), tiene un sentido completo en sí mismo. Esa es, en parte, la razón por la cual evolucionó hasta convertirse en un poema independiente: el haiku. Podemos tomar este verso como un hokku autónomo, es decir, como un haiku, y apreciarlo por sí mismo. Gira en torno a un nocturno chubasco invernal: una enorme y oscura nube se desliza, rauda, allá en lo alto. Aunque parece densa, tiene algunas grietas, por lo que a veces escampa y la atraviesan los pálidos rayos de la luna.

Jùgo añade la segunda estrofa con dos versos de siete sílabas cada uno:

Sobre el hielo alguien camina
y centellean las aguas.

La segunda estrofa, llamada wakiku, no es independiente, sino que complementa a la primera y forma un poema de cinco versos. El verso de Jùgo lo consigue:

No logra el nubarrón
tapar la luna.
Chubasco invernal.
Sobre el hielo alguien camina
y centellean las aguas.

Jûgo ha colocado a un hombre en la escena. En el camino, la llovizna formó charcos cubiertos por leves capas de hielo y, al ser pisadas, las salpicaduras del agua parecen pequeños relámpagos que reflejan la luz de la luna. Así, se le añade al verso de Tokoku un punto focal y sentido de movimiento.

Yasui, a su turno, compuso los siguientes versos:

Cazador de Año Nuevo:
en su espalda, la aljaba
ornada con helechos.

Los añadimos a los versos de Jugò y se obtiene un nuevo poema:

Sobre el hielo alguien camina
y centellean las aguas.
Cazador de Año Nuevo:
en su espalda, la aljaba
ornada con helechos.

El dístico de Jugò asume entonces un sentido diferente. Ahora ya no estamos en invierno sino a principios de la primavera, no es de noche sino temprano en la mañana, y ese “alguien” no es un ordinario transeúnte sino un hombre que va a cazar en Año Nuevo. Estas dos estrofas, combinadas, nos muestran la escena de un cazador esmeradamente ataviado que va, presuroso, hacia el bosque, envuelto por el aire frío de la mañana. Aunque según el calendario ya estamos en primavera, en el camino todavía quedan charcos helados. Cuando él los pisa, el agua que se esparce resplandece al sol: un maravilloso contraste con los verdes helechos, decoración de Año Nuevo que adorna la aljaba del cazador.

Todas las estrofas de un renku, excepto la primera y la última, deben construir dos sentidos como lo hace ésta de Jûgo. Han de ser un perfecto complemento para la estrofa que le precede y para la que le sigue. Si se logra en ambos casos, se crean dos poemas autónomos de cinco versos. Desde el punto de vista del poeta, cada estrofa tiene un doble significado: consciente e inconsciente. Uno de los factores que tornan excitante la escritura del renku radica en este significado inconsciente. El poeta compone una estrofa y, minutos después, se divierte al descubrir que uno de sus compañeros de equipo la interpreta de un modo que él no había imaginado. Veremos cómo ocurre tal fenómeno en el resto de Chubasco invernal.

El próximo poeta que aporta una estrofa es el mismo Bashô. Según lo establecido, hace un dístico para que acompañe el terceto de Yasui:

Cazador de Año Nuevo:
en su espalda, la aljaba
ornada con helechos.
Se abre la Puerta Norte,
comienza la primavera.

La Puerta Norte es la entrada de servicio de un palacio. El acceso principal usualmente está situado en el sur. De acuerdo con la interpretación de Bashô, el “Cazador de Año Nuevo” no es un cazador verdadero que se apresura hacia el bosque, sino un noble disfrazado de cazador que participa en los ritos primaverales de Año Nuevo. La severa atmósfera masculina se vuelve más elegante y cortesana. De paso recordemos que en japonés “abrir” y “comenzar” son una sola palabra, por lo que su elección constituye una reminiscencia de los retruécanos que Bashô empleaba en sus primeros haikus.

El ambiente elegante se prolonga con un brusco giro en la estrofa de Kakei:

Se abre la Puerta Norte,
comienza la primavera.
Sobre el abanico
con que aparta el estiércol de caballo,
una brumosa brisa.

El tema de la cacería ha desaparecido. Ahora que acabó el invierno, un noble va a dar un paseo, asistido por varios pajes. Como salen por la puerta de servicio, se tropiezan con unos excrementos de caballo. Uno de los pajes extrae su abanico y con él aparta del camino el seco y liviano estiércol. Incluso utilizando un tema tan ordinario, los versos no resultan vulgares. Se presenta una bonita escena primaveral, con un grácil cortesano acompañado por sus pajes, delante de un palacio.

El escenario cambia del terreno palaciego a la campiña cuando Shôhei agrega su estrofa:

Sobre el abanico
con que aparta el estiércol de caballo,
una brumosa brisa.
El maestro de té, embelesado,
por las flores al borde del camino.

He aquí a un maestro de té que, durante su paseo por el campo, ve que el estiércol de caballo ha sepultado algunas flores que en el original se nombran: dientes de león. Siente piedad y remueve los excrementos con su abanico. Recordemos que en la ceremonia del té japonesa, la belleza de las cosas sencillas y comunes, en este caso las flores de diente de león, provocan una especial admiración. El aporte de Shôhei convierte el grácil ambiente cortesano en una escena rústica.

Molino de viento

diciembre 22, 2009

molino de viento
en el campo quemado
brama un novillo

Alberto Armenteros
(Jaruco, Cuba)

El tigre

diciembre 21, 2009

Maruyama Okyo_1733-1795__Sitting Tiger

KÔZABURÔ

Cuando se arruinaron,
supieron que era falso
el tigre de Ôkyo.

Maruyama Ôkyo (1733-1795), fue un famoso pintor. Cuando compraron la pintura se suponía que él era su autor. Una vez en bancarrota trataron de venderla, pero descubrieron que era sólo una imitación.

Fuente: R.H. Blyth. Japanese Life and Character in Senryu.Hokuseido Press. Tokyo, 1960

Geishas (II)

diciembre 18, 2009

 FIVE DOLLS and a MARRIED MAN in OLD JAPAN

ITUMEISHI

La geisha
estaba tan ebria
que no podía escucharlo.

El licor es, a veces, una causa del comportamiento inadecuado. En este caso es verdad lo contrario. La geisha bebe tanto que no puede hacer las cosas impropias que le están proponiendo. El sake la coloca por encima del poder del dinero. Shakespeare apunta la relación entre el sexo y la bebida en Macbeth: …anima y desanima: anima el deseo, pero aleja su consumación.

ANÓNIMO

¡Maravilloso!
La joven geisha
está iluminada.

Hangyoku es una joven geisha que tiene entre catorce y dieciocho años de edad. Su ocupación generalmente es hacerse útil, así aprende el no muy noble pero necesario negocio de agradar a hombres que tienen más dinero que valores morales.  En su faena, llega a comprender el lado oscuro de la naturaleza humana en un estudio teórico y práctico que sobrepasa el de los buenos hombres profesionales. A despecho de su juventud, sabe algo que Buda y Dharma subestimaron. Esto es de hecho una forma de iluminación.

Fuente: R.H. Blyth Japanese Life and Character in Senryu. Hokuseido Press. Tokyo, 1960