Un chubasco invernal (4)

El próximo poeta, Tokoku, interpreta el pareado de Yasui de un modo diferente. La tocadora de koto no es una mujer que, en un refugio a orillas del lago, recuerda su juventud, sino un solitario solazándose a bordo de una embarcación:

En el lago otoñal alguien toca
una antigua tonada en el laúd.
En lugar de llevárselos,
deja escapar los gobios
que pescó.

El solitario tiene en el bote un koto y una vara de pescar. Flotando sobre el agua en calma, bajo el cielo azul, toca en el koto alguna melodía familiar o disfruta pescando gobios. Por supuesto no se queda con los gobios que atrapa. Si lo hiciera, estropearía el placer de pescar.

La interpretación de Kakei crea una escena más bien cómica que refresca el ambiente:

En lugar de llevárselos,
deja escapar los gobios
que pescó.
Una voz que reza a Buda
se escucha entre los arbustos.

De acuerdo con esta interpretación, el hombre que está pescando no es un feliz solitario sino un hombre común que sí piensa llevarse los gobios para el hogar. Mientras pesca en la orilla, escucha a un monje budista entonando una oración en su pequeña choza tras la maleza. Recordando el sermón de Buda que exhorta a no matar seres vivos,  comienza a sentirse incómodo con la idea de comerse los pescados.

Entonces Yasui introduce su propio héroe, otro interesante contraste con el monje orante:

Una voz que reza a Buda
se escucha entre los arbustos.
Muy débil arde la lámpara,
pero no se anima a levantarse
para apagarla.

El hombre, posiblemente anciano y retirado, vive junto a la cabaña del monje. Después de la cena hace una breve siesta, pero esta noche se quedó dormido durante largo tiempo. Al levantarse se percata de que es medianoche. De verdad querría apagar la lámpara y volver a dormirse. Pero tras tan larga siesta se le nubla la cabeza e incluso se siente más cansado que antes. No logra acopiar las fuerzas suficientes para levantarse y apagar la lámpara que está sólo a unos pasos. Su flojedad contrasta grandemente con la vivacidad de su vecino, que no duda en seguir recitando sutras toda la noche.

Cuando Jugô interviene, el viejo adormilado se convierte en un joven amante y el poema adquiere nuevamente una atmósfera sensual:

Muy débil arde la lámpara,
pero no se anima a levantarse
para apagarla.
Sin saber qué hacer, hala el fajín
de su bata de noche.

Es de noche. El joven acaba de entrar a hurtadillas a la habitación de su prometida. Ella duerme con una pequeña luz encendida. A él le gustaría apagar la luz, pero eso podría llamar la atención de alguien de la familia que todavía esté despierto. No saber qué hacer y, suavemente, hala la faja del vestido de la muchacha para que se despierte.

El motivo amoroso es continuado por Kakei, que tiene la difícil tarea de introducir flores en el poema, dado que su estrofa es la trigésimo quinta y en ella deben aparecer las flores de cerezo:

Sin saber qué hacer, hala el fajín
de su bata de noche.
El alma del que sufre por amor,
vuela a la sombra de las flores
por las que suspira.

Era una idea común en los romances japoneses que cuando dos amantes se veían obligados a vivir separados, el alma del quien penaba por amor abandonaba su cuerpo para reunirse con el amado. En este caso, las flores representan a la joven adorable por la que el joven suspira. La ama con tanta intensidad que su alma abandonaría su cuerpo si fueran separados.

Bashô concluye el poema con una reinterpretación de los versos de Kakei. En su interpretación los cerezos en flor son reales, y el amante es un poeta que los admira con una pasión tan intensa que cuando muere su alma sólo halla reposo en su sombra. Así, los últimos versos son altamente románticos:

El alma del que sufre por amor,
vuela a la sombra de las flores
por las que suspira.
¡Si pudiera hacer lo mismo
ese día de luna llena!

Los versos aluden al famoso tanka del monje Saigyô (1118-1190) quien, como Bashô, renunció a su condición de samurái para vivir más ligado a las entrañas de la naturaleza. El poema, escrito hacia el final de su vida, expresa su amor a los cerezos en flor:

Podría morir
bajo el cerezo en flor
en primavera,
una noche de luna llena
en el segundo mes.

El deseo de Saigyô se realizó. Su deceso ocurrió una noche de luna llena, en el segundo mes del año, cuando los cerezos estaban plenamente florecidos. Bashô, que fue siempre un ardiente admirador de Saigyô, visualiza el alma del poeta medieval volando a la sombra de los cerezos en flor y desearía hacer lo mismo.

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