Paseos y parques

Los calores nos lanzan a veces sobre los parques. ¿Qué es lo primero que vemos en esos sitios de ocio bien llevado? La confusión de paseo y parque. Mientras el primero, contentémonos con distinciones elementales, está como destinado al desfile, a mostrar en el domingo o en los días de fiesteo o de hondura de efemérides, la algazara del pueblo que encuentra en su propio fluir y girar el contentamiento de su sangre. El parque marca como un retiro y es en su soledad donde se elabora el oro apagado del recuerdo. El francés ha ideado también el bosque, pues aquel pueblo decidido a vivir un ancho espacio bien amurallado, siente la nostalgia de contemplar la artificial penetración -árboles de sombra oriental, ciervos, cascadas adorables-, en la misma ciudad. Entre nosotros la creación de bosques dentro de la ciudad, ha caído muy pronto en las exaltaciones pornográficas o en los crímenes indescifrables. Falta de madurez y de juego amable la nuestra en los movimientos del corazón.

En un paseo nuestro contemplamos con desagrado la primera señal contraproducente. La población estable, fija, repetible, que ha hecho de sus bancos el mirador y el mercado de sus vidas extrañas, fuera del ritmo tolerable. En el paseo, donde todo debe marchar, desaparecer, trocarse en corriente que fluye, aumenta y se extingue, contemplamos esa población de hombres que de pronto se han detenido. Los resortes de su marcha extintos definitivamente, comenzarán a manifestarse en descargas falsas de energía no aprovechable. Comenzarán a resentirse, a vivir en doble vida, a esperar encapuchados la aparición de su siniestra oportunidad.

¡Qué distintos algunos parques de barrio! La alegría o el cansancio que muestran, tienen la doble marca de una jornada que se vivió con rigor. Viven en casas pequeñas, en cuartos imposibles o en pasajes tintos de sol, y al llegar la benévola, como los griegos le llamaban a la noche, sienten el deseo de comunicarse, de respirar, de rodearse de un paisaje que durante el resto del día se les ausenta. Así se forma el ideal medieval de la vecinería, el orgullo de crecer en un barrio, que a su vez crece dentro de la ciudad, que a su vez tiene que manifestarse ya en forma universal, en el lenguaje severo de quien tiene que ser oído.

José Lezama Lima


Fuente:
Sucesiva o las coordenadas habaneras, en Obras Completas. Tratados en La Habana. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 2009
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