El Lago

Largo fue el tranquilo viaje nocturno. Pero ahora vemos al cielo en su comienzo enrojecido. El alba va a salir. Los cazadores, tensos, velan los patos. Desde hace una hora se les oye moverse y aletear entre la bruma. Esperan ellos, porque los primeros tiros deciden, a que aclare más. En la preciosa hora el mundo perdido en el brillo de lo vago y ceniciento se esparce más vivo que el arte que lo gesta levemente. Me tiendo a ver el cielo, como ayer, a ver si puedo retornar a la clara fundación del alba, hacia los guías del alba, sus costas, sus doncellas, los campos vinosos que pueblan el cielo nuevo. Tiemblan los índices de las palmas reales a los finos golpes del riacho de la luz de un frío rojo, pequeño. La floración naciente, más allá de la faz que va a asomar, dona su inicial perla en la feliz tira del oro. Por la región de los helechos, arriba, descubierta por los movimientos de la brumosa cinta, cae el amplio venero del cielo, libre hacia lo libre, al corazón vivo del hombre hechizado. Por los troncos viejos de las palmas un círculo de flores de bordes anchos se tira sobre el agua. Poco a poco se abren las nubes y los volantes bermellones pasan en ráfagas. Los joyales del día cuelgan de rama en rama, en las hiladuras de las arañas, sus nimios diamantes. Clarea bien. Atruenan los disparos. La aérea línea de los rápidos patos se dispersa. Los tiros rompen los ámbitos arbolados. los ecos se arrastran bajo la espléndida tela encendida. El lago está rayado de los frescos dibujos del oro. Los absortos sentidos en la deslumbrante agua, conocen el montón de trombas rosa en la espuma que desatan los pies apresurados de los cazadores tras sus patos.

El lago ha quedado sereno. Sin recuerdo de los agónicos lilas de las albas, de las plumas del huyuyo o del trazo de la garza blanca sobre el cristal. Los botes del cazador armado cortaron sus ondas, pero él cerró nuevamente su espejo. Su canto es el mismo. Es el Tiempo. Duerme como un hermano, apacigua la dicha, el odio y la visión. Aves perfectas yacen sobre su cuerpo. Rosadas flotan, en una milenaria paz inerte. Está fijo ante el hombre del lago. Las ramas ribereñas se doblan. Caen glóbulos amarillentos, sobre su paz suma. Las nubes le cargan con el espolón blanco y sus mitos de oro, y la lluvia sostiene con bullicioso regalo su espejo firme. El viento lo aduerme. La vegetación le sombrea. Y queda en su éxtasis, hacia dentro. Afuera, el alba ha perecido y del resto de sus jardines delicados surgen burbujas.

Agosto 26/58

Samuel Feijóo
(San Fernando de los Yeras, 1914–La Habana, 1992)

Fuente:
Samuel Feijóo: Caminante Montés (1955-59). Universidad Central de Las Villas. Dirección de Publicaciones. La Habana, 1962
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