Las totales nubes grises

Las totales nubes grises que cubrían, fijándose, un cielo cerrado, para entregarnos el secreto de una nueva estación; cuando parecía que iban a rendirnos la delicia de un otoño, nos decían una perturbación, un remolino o los terribles catarros del huracán. Muchos criollos querían contentarse con el azul y el verde como franjas propias, como distinciones para nuestros colores, cuando llegan estos días doblados de grises que nos entregan pinceladas lentas, laberínticas, y no frías hermosuras de colores puros y simples. Esas lentas emigraciones de los rebaños grises de las nubes, ese ceremonioso pastoreo de tonos maduros, se valoraban de dos distintas maneras. Unos afirmaban la nueva estación, preparando el humo doble de sus cocinas y haciendo nuevas y sabias combinaciones caseras para más arrellenados alojamientos. Otros, despreocupados, sabían que esos grises representaban solamente nuevas excepcionales combinaciones de brisa, luna y mar, para hacernos una visita desusada y colérica algún huracán o ras de mar. Pero excepción de excepciones: ni llega la nueva estación ni ninguna perturbación nos golpea. ¿Estaremos acaso siempre rodeados de esas posibles combinaciones que no se resuelven y de esas intempestivas arribadas que nos dejan en vilo?

Un gran poeta español nos dice en una encantadora estrofa: la primavera ha llegado,/ nadie sabe cómo ha sido. Países como los europeos que levantan en cada estación una nueva sabiduría, gustan de una primavera que estalla en danzas, ardores y verdes. Llega de súbito la primavera, como si la regularidad de sus potencias no necesitase heraldos y aldabones. Por el contrario, el otoño se anuncia por toques imperceptibles casi al principio, van creciendo sus ausencias, hasta que al fin gana una desolación y cerrazón totales.

Entre nosotros, el otoño no nos sopla ninguno de sus motivos y recados. Se disfraza de meteoro, de huracán o de ras de mar. Su guardarropía es numerosa y cada uno de sus disfraces encubre una deliciosa ironía para las reacciones de nuestras apetencias.

Siempre en estos días habrá que recordar; repitiéndonos un tanto, esas dos clases de criollos. Los que se contentan con un verde y un azul en su paleta. Y los que en estos días le añaden siempre unos gránulos grises, un fino meditar sobre nubes de ausencias y olvidos.

José Lezama Lima

(La Habana, 1910-1976)

Fuente:
Sucesiva o las coordenadas habaneras, en Obras Completas. Tratados en La Habana. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 2009
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