María Elena Walsh (1930-2011)

Ayer se nos murió María Elena Walsh, la gran escritora y compositora argentina. Sus poemas, sus canciones, son patrimonio entrañable de varias generaciones. Como humilde tributo a su memoria, susurremos este limerick que pertenece a su libro: Zoo Loco.

Parece que en Japón había un Mono, 
Que dormía la siesta con kimono. 
– Que cosa rara es 
– decía un Japonés 
– ver a un Mono en kimono haciendo nono. 

María Elena Walsh
(Buenos Aires, 1930-2011)

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10 comentarios to “María Elena Walsh (1930-2011)”

  1. Claudia Says:

    Gracias Jorge, por recordarla desde tu país.
    Un abrazo

    • jorgebraulio Says:

      Cómo no hacerlo, Claudia. Sus canciones y sus cuentos nos han acompañado y seguirán acompañandonos siempre. Anteayer mi nieto Nicolás y yo escenificamos, bailamos y cantamos algunas de sus canciones, no sabía de su estado de salud. Los seres humanos que crean mundos merecen ser recordados eternamente.
      Saludos

  2. haikuba Says:

    Ay, el Brujito de Gulubú…
    De ella es también este “cuento japonés”.

    Historia de una Princesa, su papá y el Príncipe Kinoto Fukasuka
    (María Elena Walsh)

    Esta es la historia de una princesa, su papá, una mariposa y el Príncipe Kinoto Fukasuka.

    Sukimuki era una princesa japonesa. Vivía en la ciudad de Siu Kiu, hace como dos mil años, tres meses y media hora.

    En esa época, las princesas todo lo que tenían que hacer era quedarse quietitas. Nada de ayudarle a la mamá a secar los platos. Nada de hacer mandados. Nada de bailar con abanico. Nada de tomar naranjada con pajita.

    Ni siquiera ir a la escuela. Ni siquiera sonarse la nariz. Ni siquiera pelar una ciruela. Ni siquiera cazar una lombriz. Nada, nada, nada.

    Todo lo hacían los sirvientes del palacio: vestirla, peinarla, estornudar por… –atchís–, por ella, abanicarla, pelarle las ciruelas.

    ¡Cómo se aburría la pobre Sukimuki!

    Una tarde estaba, como siempre, sentada en el jardín papando moscas, cuando apareció una enorme Mariposa de todos colores.

    Y la Mariposa revoloteaba, y la pobre Sukimuki la miraba de reojo porque no le estaba permitido mover la cabeza.

    –¡Qué linda mariposapa! –murmuró al fin Sukimuki, en correcto japonés.

    Y la Mariposa contestó, también en correctísimo japonés:

    –¡Qué linda Princesa! ¡Cómo me gustaría jugar a la mancha con usted, Princesa!

    –Nopo puepedopo –le contestó la Princesa en japonés.

    –¡Cómo me gustaría a jugar a escondidas, entonces!

    –Nopo puepedopo –volvió a responder la Princesa haciendo pucheros.

    –¡Cómo me gustaría bailar con usted, Princesa! –insistió la Mariposa.

    –Eso tampococo puepedopo –contestó la pobre Princesa.

    Y la Mariposa, ya un poco impaciente, le preguntó:

    –¿Por qué usted no puede hacer nada?

    –Porque mi papá, el Emperador, dice que si una Princesa no se queda quieta, quieta, quieta como una galleta, en el imperio habrá una pataleta.

    –¿Y eso por qué? –preguntó la Mariposa.

    –Porque sípi –contestó la Princesa–, porque las Princesas del Japonpón debemos estar quietitas sin hacer nada. Si no, no seríamos Princesas. Seríamos mucamas, colegialas, bailarinas o dentistas, ¿entiendes?

    –Entiendo –dijo la Mariposa–, pero escápese un ratito y juguemos. He venido volando de muy lejos nada más que para jugar con usted. En mi isla, todo el mundo me hablaba de su belleza.

    A la Princesa le gustó la idea y decidió, por una vez, desobedecer a su papá.

    Salió a correr y bailar por el jardín con la Mariposa.

    En eso se asomó el Emperador al balcón y al no ver a su hija armó un escándalo de mil demonios.

    –¡Dónde está la Princesa! –chilló.

    Y llegaron todos sus sirvientes, sus soldados, sus vigilantes, sus cocineros, sus lustrabotas y sus tías para ver qué le pasaba.

    –¡Vayan todos a buscar a la Princesa! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.

    Y allá salieron todos corriendo y el Emperador se quedó solo en el salón.

    –¡Dónde estará la Princesa! –repitió.

    Y oyó una voz que respondía a sus espaldas:

    –La Princesa está de jarana donde se le da la gana.

    El Emperador se dio vuelta furioso y no vio a nadie. Miró un poquito mejor, y no vio a nadie. Se puso tres pares de anteojos y, entonces sí, vio a alguien. Vio a una mariposota sentada en su propio trono.

    –¿Quién eres? –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.

    Y agarró un matamoscas, dispuesto a aplastar a la insolente Mariposa.
    Pero no pudo.

    ¿Por qué?

    Porque la Mariposa tuvo la ocurrencia de transformarse inmediatamente en un Príncipe. Un Príncipe buen mozo, simpático, inteligente, gordito, estudioso, valiente y con bigotito.

    El Emperador casi se desmaya de rabia y de susto.

    –¿Qué quieres? –le preguntó al Príncipe con voz de trueno y ojos de relámpago.

    –Casarme con la Princesa –dijo el Príncipe valientemente.

    –¿Pero de dónde diablos has salido con esas pretensiones?

    –Me metí en tu jardín en forma de mariposa –dijo el Príncipe– y la Princesa jugó y bailó conmigo. Fue feliz por primera vez en su vida y ahora nos queremos casar.

    –¡No lo permitiré! –rugió el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.

    –Si no lo permites, te declaro la guerra –dijo el Príncipe sacando la espada.

    –¡Servidores, vigilantes, tías! –llamó el Emperador.

    Y todos entraron corriendo, pero al ver al Príncipe empuñando la espada se pegaron un susto terrible.

    A todo esto, la Princesa Sukimuki espiaba por la ventana.

    –¡Echen a este Príncipe insolente de mi palacio! –ordenó el Emperador con voz de trueno y ojos de relámpago.

    Pero el Príncipe no se iba a dejar echar así nomás.

    Peleó valientemente contra todos. Y los vigilantes se escaparon por una ventana. Y las tías se escondieron aterradas debajo de la alfombra. Y los cocineros se treparon a la lámpara.

    Cuando el Príncipe los hubo vencido a todos, preguntó al Emperador:

    –¿Me deja casar con su hija, sí o no?

    –Está bien –dijo el Emperador con voz de laucha y ojos de lauchita–. Cásate, siempre que la Princesa no se oponga.

    El Príncipe fue hasta la ventana y le preguntó a la Princesa:

    –¿Quieres casarte conmigo, Princesa Sukimuki?

    –Sípi –contestó la Princesa entusiasmada.
    Y así fue como la Princesa dejó de estar quietita y se casó con el Príncipe Kinoto Fukasuka. Los dos llegaron al templo en monopatín y luego dieron una fiesta en el jardín. Una fiesta que duró diez días y un enorme chupetín.

    Así acaba, como ves, este cuento japonés.

  3. Claudia Says:

    QUÉ DIVINO ESTE CUENTO JAPONÉS!!! NO LO CONOCÍA: GRACIAS HAIKUBA!!! Y TAMBIÉN A TÍ, JORGE BRAULIO POR HACERNOS EL HONOR DE SER FELICES CON SUS CUENTOS TÚ Y TU NIETO ¡NADIE ES PROFETA EN SU TIERRA!
    ABRAZOS

    • jorgebraulio Says:

      Claudia, amiga,

      para profeta, la verdad es que yo mismo reconozco que no doy la talla. Por eso es que me gano el pan en Cuba como profesor de arte (en los tiempos que me deja libre la práctica y el estudio del haiku).

      Y si de afinidades con el haiku se trata. Recordemos a María Elena tarareando su

      Canción de bañar la Luna (o Japonesa)

      Ya la Luna baja
      en camisón
      a bañarse en un charquito
      con jabón.

      Ya la Luna
      baja en tobogán
      revoleando su sombrilla
      de azafrán.

      Quien la pesque
      con una cañita de bambú,
      se la lleva
      a Siu Kiu.

      Ya la Luna
      viene en palanquín
      a robar un crisantemo
      del jardín.

      Ya la Luna
      viene por allí.
      Su kimono dice: No, no;
      y ella: Sí.

      Ya la Luna
      baja muy feliz,
      a empolvarse con azúcar
      la nariz.

      Ya la Luna,
      en puntas de pie,
      en una tacita china
      toma té.

      Ya la Luna
      vino y le dio tos
      por comer con dos palitos
      el arroz.

      Ya la Luna
      baja desde allá
      y por el charquito Kito
      nadará.

      Saludos desde Río

  4. Claudia Says:

    dejé una pequeña nota de homenaje.
    Cariños

    http://pincelesverdes.blogspot.com/2011/01/maria-elena-walsh-ii_11.html

    • jorgebraulio Says:

      Leí la nota. Muy hermosa. Y también el homenaje que le hiciste cuando aun vivía. Honrar, honra.

      Saludos desde Río

  5. Claudia Says:

    Gracias dobles, Jorge Braulio: por la canción de bañar la luna (esa sí la conocía!) y por tu amable comentario.
    Cariños

  6. Ivanius Says:

    Jorge Braulio: Gracias por este post, y a los comentantes por toda la información, a pesar de que saber de una muerte no sea grato, es bueno conocer más de este personaje. Por mi tierra teníamos a Cri-Cri, quizás por eso no me tocó conocer a María Elena Walsh y sus quehaceres sino mucho más tarde, ya adulto. He escrito hoy algo a propósito por mi chiquero. Saludos, y buen año 2011.

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