El señor Sho

Hoy, como todos los domingos desde hace cuarenta años, es el día que paso junto a mi amigo el señor Sho. Cuando llegó a Cuba y se estableció en los confines del pueblo, nadie entendió por qué tan lejos, con la única compañía del arrullo del mar y el viento en los pinos, los trinos  al alba y los animales del monte cercano. Las paredes de su sobria casa de madera estaban decoradas con esos rollos de letras chinas o japonesas, que él señalaba diciendo Sho,  y así se le quedó el nombre.

Me han acompañado  mis hijos, mis nietos y ahora mi bisnieto Aby de cinco años. Al señor Sho le brillan los ojos cuando lo ve; mi amigo se vuelve niño, compañero de juegos,  aprendiz, maestro…  El abuelo que nunca ha podido ser.

Cada domingo trae una sorpresa.  El señor Sho los ha nombrado. Así nacieron los domingos de papel, los domingos de mar, de arena, de piedras, madera, flores…

Pliegan un folio
el viejo y el niño
¡un origami!

Un domingo de agua puede ser un paseo por la playa, donde le muestra la grandeza de una ola, y también la de un molusco cualquiera que quedó entre sargazos en la orilla.

Al mediodía, almorzamos a la sombra de un almendro; luego, echados entre castillos de arena, contemplamos nubes y gaviotas

Ríe travieso
tapando en un hoyo
su propia caca.

Los domingos de madera transcurren en el taller donde hace sus obras de arte. Aby ya tiene varias, como las Geta que calza junto al pequeño traje y el sable de samurái.

Una estocada
El sombrero del ninja
se balancea

También, el juego llamado Tangram; y su estuche, una caja de madera de Sugi, con un grabado de nácar que alude al origen del juego: un sirviente llevaba un caro mosaico al emperador…

Frágil mosaico
con sus siete pedazos
muchas figuras

Aby ya empezó a transitar el camino del Sho o Shodo,  el arte de la caligrafía japonesa. Estos son domingos de mutua y mágica entrega.

Solo el sonido
de la lenta danza
de los pinceles

Hoy es el último domingo que paso junto a mi amigo. El señor Sho dejó este mundo tal y como lo vivió, sencillo, sonriente, recostado entre sus margaritas, con sus viejos ojos mirando al cielo, y en su mano, un pliego tan gastado como él…

Sho de amistad
en un borde  la huella
de la manito.

María Elena Quintana Freire
(La Habana, Cuba)

Ichi-go Ichi-e, Caligrafía del Gran Maestro de Espada Komei Sekiguchi

Anuncios

Etiquetas: , ,

3 comentarios to “El señor Sho”

  1. Leti Says:

    Sencillamente hermoso. Gracias María Elena por compartir esta maravilla, me ha emocionado profundamente.

    Abrazos.

  2. Juan Carlos Durilén Says:

    ¡Qué haibun tan conmovedor, Jorge! ¡Cuánta vida y cuánta ternura! Mis saludos y mis humildes felicitaciones a María Elena.
    No deja de asombrarme esa puntual fidelidad. Una amistad en la que también estuvieron presentes hijos, nietos y bisnieto.
    Verdaderamente un relato encantador, fecundado por una poesía omnipresente.

    Muchas gracias.

    Desde “Hojas de Haiku”, un gran abrazo.

  3. Rafael Garcia Bido Says:

    Maria Elena, excelente. Gracias por compartir tus vivencias con tanto arte. El arte de la sencillez.

  4. Ana Rodríguez Says:

    ¡Es maravilloso y conmovedor!!!

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: