Las “japonerías” de Julián del Casal

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Por: Salvador Arias

  

Ahora que el importante poeta cubano Julián del Casal (1863-1893) cumple 150 años de su nacimiento y 120 de su muerte, es momento propicio para recordarlo a través de algunas de las variadas facetas de su vida y obra. Algunas complejas y polémicas, pero otras, sin dejar de ser significativas y entrañables, coloreadas por un delicioso pintoresquismo. Esto sucede con lo que él mismo calificó como “japonerías”.

Es sabido que estas “japonerías” tuvieron gran auge hacia la segunda mitad del siglo XIX, a partir sobre todo del momento cuando el Japón en 1868, con la restauración Meiji, se abre al mundo. Hasta entonces constituía un país autosuficiente y con pocas relaciones con el llamado mundo occidental, que lo imaginaba exótico con cierto aire de barbarismo. Cuando empieza a recibir regularmente visitantes extranjeros su influencia exterior se hace palpable en muchos aspectos, incluyendo notablemente al arte.

En Cuba “lo japonés”, no siempre bien deslindado, se conocía desde hacía tiempo, anticipado por la visita de un samurái japonés en viaje hacia Roma en 1614, hecho que se perpetúa en una estatua y un pequeño parque en la Avenida del Puerto habanero. Aunque la verdadera presencia de japoneses en Cuba no se hará efectiva hasta el siglo XX. Los objetos y noticias del oriente que se conocían antes en Cuba solían venir de la también colonia española de Filipinas, y en especial de su capital, Manila. A veces objetos chinos, japoneses o hindúes no estaban bien especificados, pues, como los famosos mantones, eran “de Manila”.

Hispanoamérica comienza a interesarse en el Japón ya en la segunda mitad del siglo XIX y se llegaron a firmar tratados de amistad y comercio con Perú en 1873 y con México en 1888. El colombiano Nicolás Tanco Armenteros viajó en 1865 a China, encargado por los hacendados cubanos para conseguir trabajadores para los ingenios azucareros. Y en 1871 visitó Japón, según plasmó en su libro Recuerdos de mis últimos viajes: Japón (Madrid, 1888). Y ya desde 1887 un pequeño grupo de inmigrantes japoneses había fundado una colonia en Chiapas. Pero para Casal el encantamiento japonés le vino, sobre todo, de Francia, en donde el mundo artístico se vertió entusiásticamente sobre “lo japonés”, tratando de aprender el idioma y dejando trazos suyos en pinturas y escritos, sobre todo. En este último campo se destacaron figuras como los hermanos Goncourt, Catulle Mendès y, de manera señalada, Pierre Loti.

Loti había recorrido medio mundo como marino, y de su visita al Japón salió su narración “autobiográfica” Madame Chrysantheme, donde contaba sus amores con una japonesita que tuvo que abandonar, tema que ya a principios del siglo XX alcanzaría su plasmación más conocida en la ópera Madame Butterfly de Puccini (1908). Madame Crisantemo fue lectura predilecta para Casal y muchos de sus conocimientos sobre el Japón provenían de ella. Otro libro que fue trascendental para él fue El arte japonés (a vuelo de pájaro), del francés Luis Gozne, al cual dedicó un artículo aparecido en La Discusión el 17 de junio de 1890. Allí nos cuenta su obsesión por el volumen desde que lo encontró en una tienda hasta que pudo comprarlo y tenerlo como libro de culto, denostando a aquellos que no pueden “extraer la profunda filosofía que está contenida en cada una de esas aparentes fruslerías”, clarificando el sentido nada superficial que él encontraba en las “japonerías”.

De “japonerías” fue llenando su escueta vida, y su modesta habitación en la azotea del periódico La Discusión, su “celda” la llamaba, fue convertida en “un verdadero refugio contra las solicitaciones de la realidad”, según nos cuenta su amigo el novelista Ramón Meza. Quien también nos describe cómo se procuró un diván y unos cojines para leer y escribir, y quemaba pajuelas impregnadas en sándalo frente a un ídolo búdico. Colgaban de las paredes imágenes del Japón y de igual procedencia era una brillante y colorida sobrecama. Y según cuenta otro de sus amigos, Federico Villoch, “debajo del lecho ocultaba un amplio latón de zinc, que usaba como bañadera, y al cual llamaba, siempre perdido en sus paraísos artificiales: mi tina de mármol rosa”. Solía usar en su habitación un pijama recamado en oro, con el cual quiso un día salir a la calle, de lo cual pudo ser disuadido por sus amigos.

Entre las amistades de Julián del Casal se encontraban los hijos del señor Cay, antiguo canciller del Consulado Imperial de la China en La Habana, cubanos ambos: Raoul era cronista de El Fígaro y María resplandecía por su belleza. Las relaciones de Casal con ella adquirieron un carácter especial. En un baile que reseña admirado en La Discusión, el 15 de febrero de 1890, destaca “a María Cay, de japonesa, digna rival de Madame Chrysantheme y de la pluma de Pierre Loti”. Apenas dos meses después, en una crónica que titula “Japonerías”, dedica a la “espiritual” y “lánguida” María un “búcaro japonés” que vio en el escaparate de una tienda.

Y lo más trascendente, la hizo protagonista de su poema “Kakemono”, que es un retrato de la muchacha vestida de japonesa. El título alude a un tipo de cuadro más largo que ancho. Ya desde el mismo inicio precisa que ella “hastiada de reinar con la hermosura” que le dio el cielo, pidió al arte el auxilio para “ostentar la hermosura” del país del sol naciente. Es decir, el arte mejorando la realidad. Así los artefactos caracterizadores en el poema alcanzan preponderancia: “anchos quitasoles”, “amarilla estera”, “espejo oval montado en cobre”, “agujas de oro”, “traje de seda japonesa”, “amarillos crisantemos”, “abanico de marfil calado”, “plumas de avestruz”…

Casal menciona lugares de nombre japonés según los imagina, en los cuales coloca a la muchacha: Yedo, Kyoto, el Kisogawa, el Yoshivara… Para este último lugar acepta la definición que ofreciera Pierre Loti como una de las más respetables instituciones del país: “Es un lugar de paseo y de ostentación frecuentado hasta por las familias, no solo lujoso y espléndido, sino también casto en lo posible, casi litúrgico, casi religioso”. Lo cual no concuerda con otras definiciones que lo llaman “barrio del placer”, “cuartel especialmente dedicado a la prostitución”. Aunque ninguna de las anteriores definiciones probablemente sea exacta, colocar allí a la muchacha era algo engorroso. Un “envío” al final hace más ostensible la dedicatoria del poema.

Las posibles relaciones platónicas con María se quebrantan y en 1891 Casal le dedica el poema “Camafeo” en donde, abruptamente, le expresa: “Mas no te amo. Tu hermosura encierra / tan sólo para mí focos de hastío”; sobre el cual ella le dijo “No esperaba que usted me regalase tan linda calabaza”. Rubén Darío, de visita en La Habana hacia 1892, cuenta como en una recepción en casa de los Cay le fue presentado el futuro esposo de la muchacha, un general. Y cómo Casal, Raoul el hermano y él se refugiaron en un salón de la casa llena de artefactos orientales. Y cuenta como Casal gozaba “con toda aquella instalación de preciosidades orientales: se envolvía en los mantos de seda, se hacía con las raras telas turbantes inverosímiles… mientras en el salón los novios conversaban, en vísperas de su boda”.

Pero Casal produjo otra “japonería” poética. Se trata de “Sourimono”, nombre típico de postales dibujadas que se enviaban a alguien. Aquí no hay dedicatoria, sino solo la transcripción verbal de un delicado y típico paisaje japonés, en la cual demuestra la fuerza evocativa de su poderoso verso. Y con la copia del hermoso poema cerramos estas notas sobre las “japonerías” de Julián del Casal:

Como rosadas flechas de aljabas de oro
vuelan los bambúes finos flamencos,
poblando de graznidos el bosque mudo,
rompiendo de la atmósfera los níveos velos.

El disco anaranjado del sol poniente
que sube tras la copa de arbusto seco,
finge un nimbo de oro que se desprende
del cráneo amarfilado de un bonzo yerto.

Y las ramas erguidas de los juncales
cabecean al borde de los riachuelos,
como el soplo del aura sobre la playa
los mástiles sin velas de esquifes viejos.

 

Fuente: Cubarte

 Salvador  Arias García (Caibarién, 1935) Doctor en Ciencias Filológicas. Investigador en el Instituto de Literatura y Lingüística (1971-1994) y posteriormente de Centro de Estudios Martianos. Ha colaborado con ensayos, artículos, reseñas y bibliografías en casi todas las publicaciones cubanas. Tiene editados los siguientes libros de ensayo: Búsqueda y análisis. Ensayos críticos sobre literatura cubana (1974), Tres poetas en la mirilla (1981), Un proyecto martiano esencial: La Edad de Oro (2001, Premio de Investigación Cultural y de la Crítica Literaria y Artística),Aire y fuego en la raíz: José María Heredia (México, La Habana, 2003), El reto perenne (2008), Martí y la música (2009). Participó en las obras de redacción colectiva Perfil de las letras cubanas desde sus orígenes hasta 1898 (1983), Diccionario de la literatura cubana (2 tomos, 1980-1984) y la Historia de la literatura cubana (2002), de cuyo primer tomo fue responsable. Autor de varias compilaciones, entre las cuales se destacan la Valoración múltiple de Alejo Carpentier  (1977), Acerca de La Edad de Oro (1980, 1989), Crónicas de Alejo Carpentier (2002) y Cartas a jóvenes (2002, 2004, 2009) de José Martí. Además ha realizado la edición crítica de las novelas de Alejo Carpentier El recurso del método (2006, España) y ¡Écue-Yamba-O! (2010, España) y .realizó los prólogos para ediciones cubana y mexicana de Los pasos perdidos de Alejo Carpentier. Ha colaborado con varios artículos en el Diccionario Enciclopédico de las  Letras en América Latina (DELAL), de la venezolana Fundación Ayacucho.  También autor de compilaciones, las cuales prologó y anotó, sobre José Jacinto Milanés, Gabriel de la Concepción Valdés, “Plácido”, Juan Clemente Zenea, poesía cubana de la Colonia.  Ha prologado obras de José Antonio Portuondo, José María Chacón y Calvo, Abelardo Estorino.  Ha viajado, en funciones culturales en general y docentes en específico por México, Venezuela, Nicaragua, Costa Rica, Panamá, Estados Unidos, España, Alemania, República Checa, Eslovaquia, Rusia, Finlandia, Viet Nam. Entre las distinciones obtenidas se encuentran la Por la Cultura Nacional (1994), “Raúl Gómez García” (1994), la Medalla “Carlos J. Finlay” del Consejo de Estado (2001), Medalla “Juan Tomás Roig” (2004) y  el Premio Félix Varela de la Sociedad Económica de Amigos del País (2009).

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