Una llovizna ligera…

Una llovizna ligera comenzó a deshilarse sobre el jardín; los diversos colores del otoño se acentuaban bruñéndose al contacto del agua.
Batido por las hojas secas, un cobre antiguo oxidaba a trechos la espesura, y, desenrollándose en espirales de senderos a manera de vetas de oro y plata, el jardín se extendía todo por arriba de la tarde como el traje de una emperatriz china.
La llovizna pasó pronto, y la tierra quedó oliendo exquisitamente. Era un olor a tierra mojada que transpiraba el jardín y hacía cerrar los ojos a Bárbara.
Aquel olor la enervaba, la doblaba como una flor sobre sí misma.
Al modo de algunos animales salvajes, ella olfateaba la lluvia; la sentía venir frunciendo el entrecejo y apretándose las manos.
A veces, distraída en una lectura o semidormida en la penumbra de su lecho, saltaba de súbito y corría a la ventana, abriéndola de golpe y escrutando el cielo con ojo turbio y boca palpitante.
Podía mostrarse el cielo sin nubes, no moverse una hoja de los árboles, que ella se quedaría inquieta, sin reanudar el sueño interrumpido, sin volverse al libro abierto, enviando por la ventana, una tras otra, miradas exploradoras de las primeras nubes, de los próximos relámpagos.
¡Cómo se resentía ella de la lluvia! Cerca del agua inmanente se tornaba hiperestésica, podía acaso percibir en la atmósfera sensaciones tan tenues como el perfume de una flor que ya era marchita, como la pena de un niño que muriera en algún rincón de la tierra…
¡Aire de agua!… Nubes que bajan, torbellinos de hojas secas bailando al viento… El relámpago breve que se enciende, las gotas de agua que se arrancan salteadas como notas de un arpa, con un escapar de pájaros, con un rizar de olas…
¡Amor, amor obscuro de la lluvia: quien te ha sentido, te será siempre fiel!…
Nada importa que avientes la semilla o que la ahondes; nada vale que dobles o malogres la cosecha.
Ya propicies la prolongación de un dulce encuentro, ya frustres la cita amorosa, ya colmes los graneros y las arcas del codicioso labrador o te lleves la modistilla tísica que sorprendiste en la calle, huidora, apresurándose hacia el taller, para quien te ame serás siempre la misma…
Todo puedes hacerlo, todo lo puedes, como el amor; tienes todas las generosidades y todos los despotismos, como el amor; das castigo y merced sin discernir merecimientos… Como el amor y como al amor, se te ama por ti misma, fuera del tiempo, fuera del lugar y fuera de la criatura o de la tierra que te recoja.
¡Crecen las gotas de agua, golpetean a manera de latiguillos de mil puntas estrelladas la superficie del mar, las copas estremecidas de los árboles!… Crecen las gotas, descienden ya unidas en flecos de vidrio que sacude el viento; se espesan más, se funden en una cortina de agua neblinosa. Y el agua se desata, se precipita sordamente, mientras la mujer, de súbito tranquilizada, se detiene a pegar la cara en los cristales, respira con fuerza y se entisa las deshechas trenzas.
Ya escampó; a través de los vidrios empañados, por donde ruedan aún las últimas gotas, un mustio rayo de sol intenta en vano reanimarse.

Dulce María Loynaz

Fuente:

Dulce María Loynaz: Jardín. Novela Lírica. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1993

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