Viaje a Sarashina

Hiroshige_La luna reflejando los arrozales en Sarashina

El viento otoñal insufló en mi corazón el deseo de contemplar la salida de la luna llena sobre la blanca cima del monte Obasute. Esta escarpada montaña en la provincia de Sarashina era el lugar donde, en tiempos remotos, los habitantes de las aldeas abandonaban a los ancianos entre las rocas. Mi discípulo Etsujin, con mucha alegría decidió acompañarme, y también lo hizo un siervo enviado por mi amigo Kakei para que nos ayudara a atravesar los pasajes difíciles. El camino de Kiso que conducía a ese lugar, escarpado y peligroso, serpenteaba por laderas abruptas y altos peñascos. Como ninguno de nosotros tenía suficiente experiencia para esta travesía, sentimos la necesidad de ayudarnos mutuamente, pues cualquier descuido en aquellas alturas podía ser fatal. Este sentimiento nos trasmitió el coraje necesario para enfrentar esa magnífica  jornada.

En cierto  punto del camino, encontramos a un viejo monje zen, que parecía tener más de sesenta años, encorvado, sin aliento, con una mirada hosca, cargando un pesado bulto. Mis compañeros simpatizaron al instante con él y colocamos el fardo sobre mi caballo. Así, me vi sentado sobre un gran montón. En lo alto, centenares de blancas cumbres se erguían en las alturas del desfiladero y, a nuestra izquierda, un enorme precipicio caía, miles de metros de altura, en un burbujeante  torrente. El caballo iba tan inclinado por la ladera que no dejé de pensar que un pequeño descuido bastaría para despeñarnos.

Pasamos por los peligrosos estrechos de Kakehashi, Nezame, Suru-ga-baba, Tashitoge, y el camino, siempre sinuoso,  bajo  densa neblina y cortantes ventoleras, nos hacía sentir que estábamos andando entre las nubes. Dejé el caballo y preferí seguir a pie.  Estaba atontado por la altura y no lograba librarme del temor. El siervo que nos acompañaba, por el contrario, montó en el caballo y no parecía tener la más mínima idea del peligro: aletargado, cabeceaba y daba la impresión de que en cualquier momento caería al precipicio.

Me aterrorizaba verlo. Pero después  pensé que también nosotros éramos como este siervo, indefensos ante el peligro, sorteando los siempre mutables escollos de este mundo tormentoso, y que el Buda misericordioso seguramente sentiría en relación con nosotros, las mismas dudas.

Al crepúsculo llegamos a una pequeña cabaña en la ladera. Después de encender una lámpara, saqué papel y tinta, cerré los ojos e intenté recordar las impresionantes escenas que vi durante el día. El monje, al verme con la mano sobre los ojos pensó que estaba sintiéndome mal, y comenzó a contarme pasajes de su peregrinaciones, sutras y la historia de los milagros que presenciara en su larga vida.

Después de escuchar sus fantásticos relatos, no logré componer ningún poema. Entretanto, la luz radiante de la luna inundó la sala, bañando de plata el crepúsculo, entre el suave murmurar de las hojas. Sentí el vocerío distante de los aldeanos que perseguían ciervos salvajes  y la soledad del otoño, consumada en esa escena, colmó mi corazón.

Entonces dije: “Tomemos el té verde y espumoso bajo los brillantes rayos de la luna!” El dueño de la choza trajo algunas tazas. Las vasijas eran demasiado grandes para considerarse refinadas, toscamente laqueadas en oro, de modo que los refinados habitantes de la ciudad podrían dudar si tocarlas o no. Mas para mí, esas tazas azuladas, encontradas en tan remotos parajes, eran más preciosas que joyas con incrustaciones.

Pintar con laca
su redondez…
La luna en la posada.

Puente de tablas.
Las vides enroscadas
para salvarse.

Puente colgante.
Por él también pasaron
caballos imperiales.

Se aclara la niebla
En el puente colgante,
ni un parpadeo.

(Etsujin)

Poemas compuestos en el monte Obasute:

Llora
la sombra sola de la anciana.
Compañera de la luna.*

Décimo sexta luna.
Aún permanezco en la aldea
de Sarashina.

Tres noches vi
la luna llena
en el cielo sin nubes.

Graciosamente doblada,
cubierta de rocío,
la flor de ominaeshi.

Nabo blanco,
amargo
como el viento de otoño.

Castañas de Kiso
¿Serán buenos obsequios
para los aldeanos?

Poemas compuestos en el templo Zenkoji:

Bajo la luz de la luna,
cuatro puertas, cuatro sectas,
se vuelven una.

Avalancha de piedras
en el monte Assano.
Tempestad otoñal.

Matsuo Basho

* Traducción de Ricardo de la Fuente y Yutaka Kawamoto

Versión libérrima: JB

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Una respuesta to “Viaje a Sarashina”

  1. jorgebraulio Says:

    Esta es una primera versión, incompleta y bastante rudimentaria, que espero mejorar cuando la contraste con otras. Ay, como lamento no saber japonés!

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