Archive for the ‘Estampas del mundo flotante’ Category

Colina de cerezos en flor

abril 8, 2014

Utagawa Kunisada

Hana no yama  goze matsu no ki no hô e muki

Colina de cerezos en flor.
Canta la ciega del laúd
hacia los pinos.

La mujer ciega debe estar frente a los cerezos en flor y cantar acerca de ellos pero, ignorantemente, se vuelve a la dirección equivocada. El error de una persona ciega puede parecer un tema inadecuado, tanto en su arista alegre como triste. Pero el senryu no es ni insensible, ni sentimental. La vida es una tragicomedia. La ceguera de Otelo puede parecer cómica si quien observa es Yago.

Fuente:
R. H. Blyth: Japanese Life and Character in Senryu. Hokuseido Press. Tokyo, 1960
Versión libre: JB

 

Viaje a Sarashina

marzo 19, 2014

Hiroshige_La luna reflejando los arrozales en Sarashina

El viento otoñal insufló en mi corazón el deseo de contemplar la salida de la luna llena sobre la blanca cima del monte Obasute. Esta escarpada montaña en la provincia de Sarashina era el lugar donde, en tiempos remotos, los habitantes de las aldeas abandonaban a los ancianos entre las rocas. Mi discípulo Etsujin, con mucha alegría decidió acompañarme, y también lo hizo un siervo enviado por mi amigo Kakei para que nos ayudara a atravesar los pasajes difíciles. El camino de Kiso que conducía a ese lugar, escarpado y peligroso, serpenteaba por laderas abruptas y altos peñascos. Como ninguno de nosotros tenía suficiente experiencia para esta travesía, sentimos la necesidad de ayudarnos mutuamente, pues cualquier descuido en aquellas alturas podía ser fatal. Este sentimiento nos trasmitió el coraje necesario para enfrentar esa magnífica  jornada.

En cierto  punto del camino, encontramos a un viejo monje zen, que parecía tener más de sesenta años, encorvado, sin aliento, con una mirada hosca, cargando un pesado bulto. Mis compañeros simpatizaron al instante con él y colocamos el fardo sobre mi caballo. Así, me vi sentado sobre un gran montón. En lo alto, centenares de blancas cumbres se erguían en las alturas del desfiladero y, a nuestra izquierda, un enorme precipicio caía, miles de metros de altura, en un burbujeante  torrente. El caballo iba tan inclinado por la ladera que no dejé de pensar que un pequeño descuido bastaría para despeñarnos.

Pasamos por los peligrosos estrechos de Kakehashi, Nezame, Suru-ga-baba, Tashitoge, y el camino, siempre sinuoso,  bajo  densa neblina y cortantes ventoleras, nos hacía sentir que estábamos andando entre las nubes. Dejé el caballo y preferí seguir a pie.  Estaba atontado por la altura y no lograba librarme del temor. El siervo que nos acompañaba, por el contrario, montó en el caballo y no parecía tener la más mínima idea del peligro: aletargado, cabeceaba y daba la impresión de que en cualquier momento caería al precipicio.

Me aterrorizaba verlo. Pero después  pensé que también nosotros éramos como este siervo, indefensos ante el peligro, sorteando los siempre mutables escollos de este mundo tormentoso, y que el Buda misericordioso seguramente sentiría en relación con nosotros, las mismas dudas.

Al crepúsculo llegamos a una pequeña cabaña en la ladera. Después de encender una lámpara, saqué papel y tinta, cerré los ojos e intenté recordar las impresionantes escenas que vi durante el día. El monje, al verme con la mano sobre los ojos pensó que estaba sintiéndome mal, y comenzó a contarme pasajes de su peregrinaciones, sutras y la historia de los milagros que presenciara en su larga vida.

Después de escuchar sus fantásticos relatos, no logré componer ningún poema. Entretanto, la luz radiante de la luna inundó la sala, bañando de plata el crepúsculo, entre el suave murmurar de las hojas. Sentí el vocerío distante de los aldeanos que perseguían ciervos salvajes  y la soledad del otoño, consumada en esa escena, colmó mi corazón.

Entonces dije: “Tomemos el té verde y espumoso bajo los brillantes rayos de la luna!” El dueño de la choza trajo algunas tazas. Las vasijas eran demasiado grandes para considerarse refinadas, toscamente laqueadas en oro, de modo que los refinados habitantes de la ciudad podrían dudar si tocarlas o no. Mas para mí, esas tazas azuladas, encontradas en tan remotos parajes, eran más preciosas que joyas con incrustaciones.

Pintar con laca
su redondez…
La luna en la posada.

Puente de tablas.
Las vides enroscadas
para salvarse.

Puente colgante.
Por él también pasaron
caballos imperiales.

Se aclara la niebla
En el puente colgante,
ni un parpadeo.

(Etsujin)

Poemas compuestos en el monte Obasute:

Llora
la sombra sola de la anciana.
Compañera de la luna.*

Décimo sexta luna.
Aún permanezco en la aldea
de Sarashina.

Tres noches vi
la luna llena
en el cielo sin nubes.

Graciosamente doblada,
cubierta de rocío,
la flor de ominaeshi.

Nabo blanco,
amargo
como el viento de otoño.

Castañas de Kiso
¿Serán buenos obsequios
para los aldeanos?

Poemas compuestos en el templo Zenkoji:

Bajo la luz de la luna,
cuatro puertas, cuatro sectas,
se vuelven una.

Avalancha de piedras
en el monte Assano.
Tempestad otoñal.

Matsuo Basho

* Traducción de Ricardo de la Fuente y Yutaka Kawamoto

Versión libérrima: JB

La montaña y la ardilla

julio 12, 2013

Squirrel on Grapevine_Shibata Zeshin_ 1807-1891
Fable

The mountain and the squirrel
Had a quarrel,
And the former called the latter “Little Prig”;
Bun replied,
“You are doubtless very big;
But all sorts of things and weather
Must be taken in together,
To make up a year
And a sphere.
And I think it no disgrace
To occupy my place.
If I’m not so large as you,
You are not so small as I,
And not half so spry.
I’ll not deny yo make
A very pretty squirrel track;
Talents differ; all is well and wisely put;
If I cannot carry forests on my back,
Neither can you crack a nut.

Ralph Waldo Emerson
(1803 – 1882)

***

Cada uno a su oficio

Fábula nueva del filósofo
norteamericano Emerson

La montaña y la ardilla
Tuvieron su querella:
-“¡Váyase Usted allá, presumidilla!”
Dijo con furia aquella;
A lo que respondió la astuta ardilla:
-“Si que es muy grande Usted,
muy grande y bella;
Mas de todas las cosas y estaciones
Hay que poner en junto las porciones,
Para formar, señora vocinglera,
Un año y una esfera.
Yo no se que me ponga nadie tilde
Por ocupar un puesto tan humilde.
Si no soy yo tamaña
Como Usted, mi señora la montaña,
Usted no es tan pequeña
Como yo, ni á gimnástica me enseña.
Yo negar no imagino
Que es para las ardillas buen camino
Su magnífica falda:
Difieren los talentos a las veces:
Ni yo llevo los bosques á la espalda,
Ni Usted puede, señora, cascar nueces

José Martí
(1853-1895)

Imagen:
Squirrel on Grapevine
Ink on paper
Shibata Zeshin (1807–1891)
Gift of Harold Henderson, 1966
The Metropolitan Museum of Art

Jinsei

febrero 20, 2012

Execution_of_Goemon_Ishikawa_by Toyokuni Ichiyosai

Un ladrón fue por fin atrapado. Cuando lo iban a ejecutar, dijo:

–¡Esperen un momento! Quisiera escribir mi poema de muerte.

–Está bien, dilo.

El ladrón recitó:

En este instante
cuánto lamento
dejar este mundo:
¡Si desde el principio hubiera sabido
que iba a morir!

Los que le escuchaban protestaron:

–¡Oye, esos versos son de Ota Dôkan!*

Entonces el ladrón respondió:

–Sí. Y este ha sido mi último robo.

 

*Ota Dôkan (1432-1486). Famoso guerrero y poeta.

Fuente:
R. H. Blyth: Oriental Humour. Hokuseido Press. Tokyo, 1959
Versión libre: JB

Haiku, senryu y sexo

febrero 10, 2012

Utamaro Kitagawa_El Beso

En nada se manifiesta con más claridad la diferencia entre el senryu y el haiku que en su relación con el tema del sexo. Para el haiku, el sexo casi no existe; para el senryu es algo omnipresente. Hay, en verdad, algunos versos semi-amorosos de Kikaku, Ransetsu, Buson, Kyoshi, pero su monto no es significativo. El senryu se preocupa, sobre todas las cosas, por la relación esencial del hombre con el hombre y del hombre con la mujer. Un gran número de versos tratar el tema de Yoshiwara, no puede obviarse este asunto.

En primer lugar, debido a la influencia del confucianismo, la vida familiar japonesa se había vuelto extremadamente rígida y formal. Entre los jóvenes de sexos opuestos, incluso entre marido y mujer,  la relación intelectual o emocional era escasa o no existía en absoluto. A las parejas casadas nunca se les veía juntas, mucho menos en la calle. El único sitio donde un hombre podía conocer a una mujer libremente era en las casas de prostitución. Estos lugares eran de todo tipo, pero muchas de las mujeres empleadas allí eran  inteligentes, con dotes artísticas, que habían adquirido, por diversas vías, una educación a la que no tenían acceso sus hermanas más virtuosas.

Además, desde el punto de vista de senryu, Yoshiwara era un lugar donde el sentimiento humano se disimulaba menos que en otras partes. Para el estudio de la psicología humana, ningún sitio podría ser mejor. Esto, claro está, no fomenta una visión muy enaltecedora de la naturaleza humana, pero hay que recordar que las personas no son tan diferentes en uno u otro lugar.

Como institución, la prostitución pública, igual que la guerra, la esclavitud, el trabajo pesado o la discriminación racial, resulta indefendible, y debe ser abolida. Sin embargo, mientras continúen existiendo en el mundo, no podemos negarnos a nosotros mismos los beneficios que están ligados a dichas instituciones, por ejemplo, el surgimiento del propio senryu. La actitud del escritor de senryu respecto a Yoshiwara es la de Dios, que no aprueba ni condena, sino que toma nota de los sufrimientos, los placeres, los vicios y las virtudes de la humanidad tal como se manifiestan en esos lugares. Es trágico, es cómico, es así. No hay nada más que decir en relación con cualquier fase de la vida. Estos tres elementos: el dolor, el humor y lo inevitable, irrumpen en todos los mejores senryu sobre este tema.

En este sentido, vemos con mayor claridad tal vez que en cualquier otro caso, que los senryu son obras de arte. Rechazar el senryu relativo a Yoshiwara por razones morales, sería lo mismo que rechazar a Hamlet porque planificó y ejecutó un asesinato. Digamos que Shakespeare no estaba de acuerdo con el asesinato. Esto bien puede ser así, en lo que se refiere a él mismo y a sus propias acciones. Pero no es posible decir que él lo desaprobara en Hamlet, Otelo y Macbeth. La madurez, no la moral, es todo.

Fuente:
R. H.Blyth: Senryu. Japanese Satirical Verses. Hokuseido. Tokyo, 1949
Versión libre: JB

Cae la nieve

enero 12, 2012

Cae la nieve,
como plumas de ganso
sopladas sin concierto,
sobre quienes parecen ataviados
con alas de grulla.

Hakurakuten

Imagen:
Hiroshige: Un puente en el paisaje nevado,
de la serie: Colección de Poemas Japoneses y Chinos (Wakan rôeishû)
Fuente:
Matthi Forrer: Hiroshige. Prints and Drawings. Prestel. Munich-New York, 1997
Versión libre: JB

Sourimono

enero 6, 2012

Como rosadas flechas de aljabas de oro
vuelan de los bambúes finos flamencos,
poblando de graznidos el bosque mudo,
rompiendo de la atmósfera los níveos velos.

El disco anaranjado del Sol poniente
que sube tras la copa de arbusto seco,
finge un nimbo de oro que se desprende
del cráneo amarfilado de un bonzo yerto.

Y las ramas erguidas de los juncales
cabecean al borde de los riachuelos,
como al soplo del aura sobre la playa
los mástiles sin velas de esquifes viejos.

Julián del Casal
(Cuba, 1863-1893)

Río invernal

diciembre 26, 2011

El cadáver de un perro
arrojado
en el río invernal.

Shiki

Este es un espectáculo que todos han visto. Niños pequeños lo apedrean cuando viene flotando, hinchado por los gases, con una cuerda de paja atada al cuello. Las mujeres y las niñas dicen “¡Pobrecito!”, lo que significa poco; y otras personas desvían la mirada y fingen que no han visto nada. Pero en el río de nuestras mentes, los perros ahogados pasan flotando, con sus ojos ya ciegos mirándonos fijamente. Estas cosas no pueden obviarse. Ellos y nosotros flotamos en el mismo río, y de la desintegración y destrucción de sus vidas y de las nuestras, surgen nuevas formas, para alegrar los corazones de los nuevos mundos de los hombres. En estos versos no hay patetismo o simpatía hacia los animales. El cadáver del perro pone de manifiesto la naturaleza de un río que arrastra cuanto puede ser arrojado en él, al igual que un espejo refleja todas las cosas sin miedo ni favoritismos; y, particularmente, la naturaleza de un río en invierno, en su énfasis sobre la muerte y la desolación. No hay amor ni belleza, sólo una estrecha corriente de frías aguas entre extensos bancos de piedras y grava.

Fuente:
Blyth, R.H: Haiku. Vol. IV. Hokuseido Press. Tokyo, 1951
Versión libre: JB

Anochecer

diciembre 21, 2011

Sayo shigure tonari e hairu kasa no oto

Anochecer.
El sonido de la lluvia en el paraguas
que entra al lado.

Ranran

El poeta está sentado solo en la casa, leyendo con desgano, sin `percatarse de su soledad. Afuera llueve. El sonido de las gotas de lluvia de repente se vuelve más intenso. Es el golpeteo sobre un paraguas que se acerca. ¿Será alguien que viene a visitarlo? El sonido pasa y parece entrar en la casa del vecino.

El silencio se esparce como un vidrio roto.
Los minutos levantan sus orejas y echan a correr,
Luego, uno a uno desaparecen otra vez y marchan
Sosegados afuera, monótonos adentro.
Inclinas la cabeza y enjugas una lágrima.
La soledad se acerca con su recio paso .*

* Soledad, de Harold Monro

Fuente:
Blyth, R.H: Haiku. Vol. IV. Hokuseido Press. Tokyo, 1951
Versión libre: JB

¡Qué frío!

diciembre 14, 2011

Al doblar el cuello,
veo mi cuerpo yacente.
¡Qué frío!

Raizan

Este es un ejemplo de “vernos a nosotros mismos como nos ven los demás”, vernos como Dios nos ve. Hay un poema de Hakurakuten muy parecido, pero sin la experiencia corporal que objetiva, personaliza, ubica temporalmente y por lo tanto eterniza la experiencia:

A PRINCIPIOS DEL OTOÑO, A SOLAS EN LA NOCHE

La fresca brisa mueve las hojas de paulonia;
El batán del vecino es la voz del otoño.
Me acuesto a dormir bajo los aleros;
Al despertar, la luz de la luna en medio de mi lecho.

El frío invernal es un poco diferente al del otoño; el primero tal vez es más físico, el segundo más espiritual.

Fuente:
Blyth, R.H: Haiku. Vol. IV. Hokuseido Press. Tokyo, 1951
Versión libre: JB