Posts Tagged ‘literatura cubana’

Dentro de mí

agosto 22, 2014

feijoo el gallito y la estrella

Hoy, en mi ancianidad puedo decir que hay algo dentro de mi yo, que apenas entiendo: sí entiendo que está dentro de mí. Entiendo yo que eso que está dentro de mí, aunque apenas entiendo, sí entiende los sonidos e idiomas de los árboles, animales, yerbas, nubes, piedras, aguas, montañas… a los que escucho por ese yo apenas entendido en mí y que es parte fundamental de mi Yo, instinto desarrollado en milenios, tal vez. Y así me ando, muy atento a ese radar interior, a ese mago, que, a lo mejor, ha hecho de mí un poeta -no de versos solamente- y un gozador de los placeres del arte en la naturaleza, ocultos a tantos que, o han apagado ese yo, o bien que no lo oyen, y si lo oyen no lo entienden. Sin él sería yo un activo o triste hombre puramente visceral: ese pájaro de la quimera tendría arrancada las alas. Ese pájaro mutilado, que oye cánticos y los exhala. También carecería de ese árbol interior que conversa con todos los árboles; carecería de ese hilo de agua entrañable que dialoga con todas las aguas; carecería de esa estrella en la sangre que navega en el cosmos…

 

Samuel Feijóo

 

Dibujo: Samuel Feijóo

 

Fuente:
Samuel Feijóo: El sensible zarapico. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 2013

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La mariposa

marzo 31, 2014

Samuel Feijoo_Dibujo

Hoy, además del de Octavio Paz, se celebra el centenario del nacimiento de Samuel Feijóo, creador omnipresente en este espacio dedicado al haiku en Cuba. Una de sus mariposas revoloteó por aquí hace algun tiempo. Ahora nos llega otra.

***

Enciende mariposa hada ligera
en el agua del verde sorprendida,
y la pupila que ya vive herida
ve en la flor silenciosa su quimera.

Morir ahora una sonrisa fuera,
pero un nocturno pájaro en su huida
quiebra a la fuente el ala detenida
que su coral perfecto repitiera.

Vuela al ocaso la ideal estrella
y sube a disfrutar su largo día
de amor sin rasgos ni florida huella.

Traza la mariposa la elegía:
el oro suelta por el tiempo, y sella
su firme trama al alma donde guía.

Samuel Feijóo

 

Una llovizna ligera…

septiembre 29, 2013

Una llovizna ligera comenzó a deshilarse sobre el jardín; los diversos colores del otoño se acentuaban bruñéndose al contacto del agua.
Batido por las hojas secas, un cobre antiguo oxidaba a trechos la espesura, y, desenrollándose en espirales de senderos a manera de vetas de oro y plata, el jardín se extendía todo por arriba de la tarde como el traje de una emperatriz china.
La llovizna pasó pronto, y la tierra quedó oliendo exquisitamente. Era un olor a tierra mojada que transpiraba el jardín y hacía cerrar los ojos a Bárbara.
Aquel olor la enervaba, la doblaba como una flor sobre sí misma.
Al modo de algunos animales salvajes, ella olfateaba la lluvia; la sentía venir frunciendo el entrecejo y apretándose las manos.
A veces, distraída en una lectura o semidormida en la penumbra de su lecho, saltaba de súbito y corría a la ventana, abriéndola de golpe y escrutando el cielo con ojo turbio y boca palpitante.
Podía mostrarse el cielo sin nubes, no moverse una hoja de los árboles, que ella se quedaría inquieta, sin reanudar el sueño interrumpido, sin volverse al libro abierto, enviando por la ventana, una tras otra, miradas exploradoras de las primeras nubes, de los próximos relámpagos.
¡Cómo se resentía ella de la lluvia! Cerca del agua inmanente se tornaba hiperestésica, podía acaso percibir en la atmósfera sensaciones tan tenues como el perfume de una flor que ya era marchita, como la pena de un niño que muriera en algún rincón de la tierra…
¡Aire de agua!… Nubes que bajan, torbellinos de hojas secas bailando al viento… El relámpago breve que se enciende, las gotas de agua que se arrancan salteadas como notas de un arpa, con un escapar de pájaros, con un rizar de olas…
¡Amor, amor obscuro de la lluvia: quien te ha sentido, te será siempre fiel!…
Nada importa que avientes la semilla o que la ahondes; nada vale que dobles o malogres la cosecha.
Ya propicies la prolongación de un dulce encuentro, ya frustres la cita amorosa, ya colmes los graneros y las arcas del codicioso labrador o te lleves la modistilla tísica que sorprendiste en la calle, huidora, apresurándose hacia el taller, para quien te ame serás siempre la misma…
Todo puedes hacerlo, todo lo puedes, como el amor; tienes todas las generosidades y todos los despotismos, como el amor; das castigo y merced sin discernir merecimientos… Como el amor y como al amor, se te ama por ti misma, fuera del tiempo, fuera del lugar y fuera de la criatura o de la tierra que te recoja.
¡Crecen las gotas de agua, golpetean a manera de latiguillos de mil puntas estrelladas la superficie del mar, las copas estremecidas de los árboles!… Crecen las gotas, descienden ya unidas en flecos de vidrio que sacude el viento; se espesan más, se funden en una cortina de agua neblinosa. Y el agua se desata, se precipita sordamente, mientras la mujer, de súbito tranquilizada, se detiene a pegar la cara en los cristales, respira con fuerza y se entisa las deshechas trenzas.
Ya escampó; a través de los vidrios empañados, por donde ruedan aún las últimas gotas, un mustio rayo de sol intenta en vano reanimarse.

Dulce María Loynaz

Fuente:

Dulce María Loynaz: Jardín. Novela Lírica. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 1993

La cortesía de los japoneses

febrero 4, 2012

Marti_ReynerioTamayo

Aunque no suelo publicar dos mensajes un mismo día, hoy hago una excepción. Acabo de tropezarme, casualmente, con este fragmento de José Martí que apareció en el diario venezolano La Opinión Nacional, un día como hoy, hace 130 años. Trata de la cortesía japonesa. No quise que ustedes se perdieran este regalo del azar.

Le acompaña un irreverente y entrañable retrato de Martí, realizado por Reinerio Tamayo, excelente artista cubano. Esta obra forma parte de la exposición Arte soy.

Saludos desde La Habana

***

-Un viajero que acaba de estar en el Japón se hace lenguas de la delicadeza y cortesía del trato de los japoneses. Dice que, aunque muchas de sus numerosas prácticas sociales sean complicadas y enojosas, no está en ellas la urbanidad japonesa, sino en la suavidad con que se tratan, en la presteza con que obligan, en la discreción con que hablan, en la bondad con que permiten al extranjero que manifieste sus ideas extravagantes sobre el país, y en el cuidado con que evitan toda alusión desagradable a la patria del extranjero. Hemos oído decir a un caballero que hace frecuentes viajes entre América y Europa, que no recuerda haber hallado en todos sus viajes un amigo más comedido, delicado y urbano que un japonés. Y el viajero de quien tomamos estas observaciones dice que no conoce modelo más perfecto de gentil hombre que el de un hombre bien educado del Japón.

La Opinión Nacional, 4 de febrero de 1882

Invierno nuestro

febrero 1, 2012

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Los grises ahora son definitivos y alegres. Son los grises del invierno nuestro, deliciosos y divinos. Con delicia que provoca la marcha, los excesos y el recorrido apresurado de la sangre por sus círculos. Divino, porque nuestros dioses lo han hecho para la voluptuosidad del hombre tropical, que gana unos días de excepción, sin los excesivos rigores de una querella para su templado poderío. Vamos a la calle, a la danza y a un alegre caminar y caminar. La lluvia enredada en el airecillo desaparece o la dejamos de temer y avanzamos aunque nos sorprenda y haga sus momentáneas arribadas. Si entre los grises sorprendemos una franja azul, nos atemoriza que los encantamientos de un invierno de gloria huya y vuelva a ser un deseo no verificado. El habanero de varias generaciones, conoce entre la sutileza de las atmósferas de su ciudad, cuándo el aire, las nubes y las lluvias entrelazadas, alquitaran la casta noble de su invierno. Llegan ya las gaviotas, estoicas y chillonas, con su nostalgia de sol de media noche y sus calmosos presagios. Decoran la bahía de laca china precipitándose y ostentando después sobre su pico la joya de un pez de plata recién mojada. Dentro de su cerrada indiferencia se las ve vigilantes y curiosas de presas muy tersas, de quintaesenciados alfileres submarinos. Borra después su utilitaria aventura y planea, noble y veraz, con las alas muy extendidas para limpiarlas de sal y escamas. El primer día de invierno nos invita a darnos un paseo por nuestro litoral. Su rostro parece haber cambiado, está huraño y su azul se ha vuelto guerrero en los escuadrones de sus olas. El mar, como nos dice la estrofa de Valéry, siempre, sin cesar, recomenzando. Ahora recomienza con su otro gesto de capitán de medianoche, espeso aparecido, con su guante corroído por la sal antigua, saludando con su brazo de arena helada, que cae lentísimamente.

José Lezama Lima

Fuente:
José Lezama Lima: Obras completas. Tratados en La Habana. Letras Cubanas. La Habana, 2009

He dicho que el alma…

enero 28, 2012

Martí en Washington 1891

Hoy que se cumple otro aniversario del nacimiento de José Martí, he querido celebrarlo con dos citas que, yuxtapuestas, se convierten en un diálogo cordial entre almas buenas: la primera pertenece a Canto a mí mismo, de Walt Whitman. Sobre este gran poeta norteamericano nuestro Martí escribió, en 1887, una hermosa crónica donde también se vislumbran enseñanzas para los estudiosos del haiku. La segunda cita es de esta obra. Llega a nos, poesía…

***

He dicho que el alma no es más que el cuerpo,
Y he dicho que el cuerpo no es más que el alma,
Y nada, ni Dios, es más grande para uno  de lo que uno mismo es,
Y quien camina media milla sin simpatía, camina a su propio funeral, vestido en su mortaja,
Y yo o tú, con los bolsillos sin un centavo, podremos comprar lo más selecto de la tierra,
Y observar con un ojo o mostrar un frijol en su vaina, trastoca el aprendizaje de todos los tiempos,
Y no hay ocupación o empleo donde el joven que lo siga no se convierta en héroe,
Y no hay objeto tan blando que no haga un cubo para las ruedas del universo,
Y digo a cada hombre o mujer, Deja tu alma permanecer tranquila y serena ante un millón de universos,
Y le digo a la humanidad, No estén preocupados por Dios,
Porque yo que estoy preocupado por cada uno, no estoy preocupado por Dios
(No hay manera de decir con palabras cuán tranquilo estoy respecto a Dios y respecto a la muerte).
Oigo y veo a Dios en cada objeto, sin embargo no lo entiendo en lo más mínimo,
Ni entiendo quien puede se más maravilloso que yo mismo.

¿Por qué he de desear ver a Dios mejor que hoy?
Veo algo de Dios cada hora de las veinticuatro y a cada minuto;
En los rostros de los hombres y las mujeres veo a Dios y en mi propio rostro en el espejo;
Encuentro cartas de Dios dejadas en las calles -y cada una está firmada por el mismo Dios,
Y las dejo donde están, porque sé que dondequiera que vaya,
Otras llegarán puntualmente por siempre.

Walt Whitman
(Nueva York, 1819 – Nueva Jersey, 1892)

***

Walt Whitman, pues, está satisfecho; ¿qué orgullo le ha de punzar, si sabe que se para en yerba o en flor? ¿qué orgullo tiene un clavel, una hoja de salvia, una madreselva? ¿cómo no ha de mirar él con tranquilidad los dolores humanos si sabe que por sobre ellos está un ser inacabable a quien aguarda la inmersión venturosa en la naturaleza? ¿Qué prisa le ha de azuzar, si cree que todo está donde debe, y que la voluntad de un hombre no ha de desviar el camino del mundo? Padece, sí, padece; pero mira como un ser menor y acabadizo al que en él sufre, y siente por sobre las fatigas y miserias a otro ser que no puede sufrir, porque conoce la universal grandeza.

José Martí
(Cuba, 1853-1895)

Fuente:
Walt Whitman: Hojas de hierba. Selección, traducción y prólogo Manuel García Verdecia. Colección LIRA. Editorial Arte y Literatura. La Habana, 2006.

Suceso Mayor

diciembre 19, 2011

¿Persistirán los habaneros, deseosos de un invierno que vaya apoderándose de los días sucesivos, en un preludio para los días mayores de diciembre, cuando cada despedida -de una hoja o de un jardín exasperado-, se torna en un símbolo? En las Navidades de… y las fechas giran, se hacen voluntariamente imprecisas, para duplicar la voluptuosidad de apoderarnos de ellas y señalar un tiempo que se quedó fijo, abriendo desmesuradamente los ojos y las cejas, como una máscara japonesa de combate. Los días se van precipitando, señalando sorpresas y anticipos, glorias y fanfarrias del día mayor de la Cena; parece que van perdiendo sus nombres y que se impulsan hacia el contenido del símbolo que los espera. Preparan las tías, en la levedad de su orgullo familiar, platos entreoídos; o cuando la abuela estuvo en Viena y trajo recursos para las Navidades; ensayan en estos días preliminares de la otra gran cena, los ánades con salsa de membrillo, la ternera asada con salsa de oruga, o zorzales asados sobre sopas doradas. Días que se acrecen en los preparativos, en que parece que se prepara la lección para los exámenes del paladeo y las papilas. Refuerza los varios solfeos de la lección, el aire de invierno que asoma su cabezota por las persianas y que parece demandarnos que sus sorpresas sean retomadas y dadas en pago de diez vueltas más para el rebozo. Invócase a la divinidad entrecana del invierno para su permanencia en nuestro gozo. Hilados de escarcha en las devanadoras, para que las Navidades estén rodeadas de esos excitantes para encender el fuego. Días que comienzan a adquirir el medio rostro de lo que va haciéndose en desfile hacia una claridad que se espera. Fíjanse los días, reclámanse a sí mismos y buscan quedarse, encuadrándose. Levántase ahora una música que comienza a impulsar los días, a llevarlos a un desfile donde el galope parece una línea infinitamente coloreada, hasta alcanzar la infinitud del aleluya en el Suceso Mayor.

José Lezama Lima

Fuente:
José Lezama Lima: “Sucesiva o las coordenadas habaneras”, en Obras Completas. Tratados en La Habana. Letras Cubanas. La Habana, 2009

Febrero cercano

febrero 18, 2011

Febrero cercano se suma a su brevedad el breve de su epigrama. Sería aconsejable que cupiesen las fechas todas del carnaval en los días señalados de febrero. Buena parte de sus días se los lleva marzo, mes en el cual gravita la semana tremenda sobre la muerte y resurrección que entraña. Si Piñata, La Vieja, Sardina o Figurín se entremeten en marzo, temas opuestos de vértice se acercan y unen sus opuestas respiraciones. Febrero es mes de cola de sirena, de esqueleto de pez, de ave narigotuda, de máscara que ganó vida en el polvo novelesco de la guardarropía. Su brevedad subraya la brevedad de la embriaguez, los cohetes de Dionisos de un solo día para el desfile de fiebre provocada, de circular tumulto. Mes rodeado por la brevedad para que la alegría que lo recorre sea tensa y mantenida y no desperdiciada por el jadeo de la reiteración. Hecho para barrer de raíz las lejanías de los finales de año, su tendencia a las ramas tristonas, a los grises empapados y deshechos en una lluvia que cristalizó con dureza.

Si al carnaval nuestro se le sumasen las comparsas, si lograse que estas se deslizaran no entre espectadores, sino que el pueblo participase sumado al gran río central de las comparsas, se tendría algo de la magnitud de los carnavales en Río de Janeiro. Días de los carnavales en los que nadie debe ser espectador, sino todos participando en la gran ronda que suma como una diosa de innumerables palpos. Se ha logrado dualizar lo que desde el principio debió fundirse en corriente mayor y central. Llevar el carnaval y la comparsa a un solo ritmo de percusión y desgarro del cornetín, amalgamándolo en su nebulosa de misterio, en la formación de un oleaje que a todos arrebate por igual. Innumerables danzantes enmascarados, islotes de la orgía, brotados de cada barrio, de la extraordinaria diversidad, deben ir acompañando las comparsas como las candelas marchan hacia la hoguera y el fuego se tiende en el fuego.

José Lezama Lima

Fuente:
Tratados en La Habana. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 2009

Las totales nubes grises

septiembre 22, 2010

Las totales nubes grises que cubrían, fijándose, un cielo cerrado, para entregarnos el secreto de una nueva estación; cuando parecía que iban a rendirnos la delicia de un otoño, nos decían una perturbación, un remolino o los terribles catarros del huracán. Muchos criollos querían contentarse con el azul y el verde como franjas propias, como distinciones para nuestros colores, cuando llegan estos días doblados de grises que nos entregan pinceladas lentas, laberínticas, y no frías hermosuras de colores puros y simples. Esas lentas emigraciones de los rebaños grises de las nubes, ese ceremonioso pastoreo de tonos maduros, se valoraban de dos distintas maneras. Unos afirmaban la nueva estación, preparando el humo doble de sus cocinas y haciendo nuevas y sabias combinaciones caseras para más arrellenados alojamientos. Otros, despreocupados, sabían que esos grises representaban solamente nuevas excepcionales combinaciones de brisa, luna y mar, para hacernos una visita desusada y colérica algún huracán o ras de mar. Pero excepción de excepciones: ni llega la nueva estación ni ninguna perturbación nos golpea. ¿Estaremos acaso siempre rodeados de esas posibles combinaciones que no se resuelven y de esas intempestivas arribadas que nos dejan en vilo?

Un gran poeta español nos dice en una encantadora estrofa: la primavera ha llegado,/ nadie sabe cómo ha sido. Países como los europeos que levantan en cada estación una nueva sabiduría, gustan de una primavera que estalla en danzas, ardores y verdes. Llega de súbito la primavera, como si la regularidad de sus potencias no necesitase heraldos y aldabones. Por el contrario, el otoño se anuncia por toques imperceptibles casi al principio, van creciendo sus ausencias, hasta que al fin gana una desolación y cerrazón totales.

Entre nosotros, el otoño no nos sopla ninguno de sus motivos y recados. Se disfraza de meteoro, de huracán o de ras de mar. Su guardarropía es numerosa y cada uno de sus disfraces encubre una deliciosa ironía para las reacciones de nuestras apetencias.

Siempre en estos días habrá que recordar; repitiéndonos un tanto, esas dos clases de criollos. Los que se contentan con un verde y un azul en su paleta. Y los que en estos días le añaden siempre unos gránulos grises, un fino meditar sobre nubes de ausencias y olvidos.

José Lezama Lima

(La Habana, 1910-1976)

Fuente:
Sucesiva o las coordenadas habaneras, en Obras Completas. Tratados en La Habana. Editorial Letras Cubanas. La Habana, 2009

El Lago

agosto 26, 2010

Largo fue el tranquilo viaje nocturno. Pero ahora vemos al cielo en su comienzo enrojecido. El alba va a salir. Los cazadores, tensos, velan los patos. Desde hace una hora se les oye moverse y aletear entre la bruma. Esperan ellos, porque los primeros tiros deciden, a que aclare más. En la preciosa hora el mundo perdido en el brillo de lo vago y ceniciento se esparce más vivo que el arte que lo gesta levemente. Me tiendo a ver el cielo, como ayer, a ver si puedo retornar a la clara fundación del alba, hacia los guías del alba, sus costas, sus doncellas, los campos vinosos que pueblan el cielo nuevo. Tiemblan los índices de las palmas reales a los finos golpes del riacho de la luz de un frío rojo, pequeño. La floración naciente, más allá de la faz que va a asomar, dona su inicial perla en la feliz tira del oro. Por la región de los helechos, arriba, descubierta por los movimientos de la brumosa cinta, cae el amplio venero del cielo, libre hacia lo libre, al corazón vivo del hombre hechizado. Por los troncos viejos de las palmas un círculo de flores de bordes anchos se tira sobre el agua. Poco a poco se abren las nubes y los volantes bermellones pasan en ráfagas. Los joyales del día cuelgan de rama en rama, en las hiladuras de las arañas, sus nimios diamantes. Clarea bien. Atruenan los disparos. La aérea línea de los rápidos patos se dispersa. Los tiros rompen los ámbitos arbolados. los ecos se arrastran bajo la espléndida tela encendida. El lago está rayado de los frescos dibujos del oro. Los absortos sentidos en la deslumbrante agua, conocen el montón de trombas rosa en la espuma que desatan los pies apresurados de los cazadores tras sus patos.

El lago ha quedado sereno. Sin recuerdo de los agónicos lilas de las albas, de las plumas del huyuyo o del trazo de la garza blanca sobre el cristal. Los botes del cazador armado cortaron sus ondas, pero él cerró nuevamente su espejo. Su canto es el mismo. Es el Tiempo. Duerme como un hermano, apacigua la dicha, el odio y la visión. Aves perfectas yacen sobre su cuerpo. Rosadas flotan, en una milenaria paz inerte. Está fijo ante el hombre del lago. Las ramas ribereñas se doblan. Caen glóbulos amarillentos, sobre su paz suma. Las nubes le cargan con el espolón blanco y sus mitos de oro, y la lluvia sostiene con bullicioso regalo su espejo firme. El viento lo aduerme. La vegetación le sombrea. Y queda en su éxtasis, hacia dentro. Afuera, el alba ha perecido y del resto de sus jardines delicados surgen burbujas.

Agosto 26/58

Samuel Feijóo
(San Fernando de los Yeras, 1914–La Habana, 1992)

Fuente:
Samuel Feijóo: Caminante Montés (1955-59). Universidad Central de Las Villas. Dirección de Publicaciones. La Habana, 1962